Los recientes acontecimientos económicos (parece que no hubiera otros) han hecho crecer un puntito de esperanza en los corazones de muchas personas. Es bien cierto, como los economistas sensatos (que los hay) no dejan de recordarnos, que no se pueden echar las campanas al vuelo y que este proceso será largo. Los que ya peinamos canas recordamos épocas aun recientes de bastantes apuros, no tan globales, es cierto, ni tan publicitados, y de las que acabamos saliendo, así que es posible que ésta no sea tan diferente. ¿O sí?El meollo del asunto es identificar con claridad el origen de los problemas y no quedarnos en la superficie, ya que corremos el riesgo de poner la solución donde no está el problema sino donde éste se manifiesta. De la crisis saldremos, desde luego, si bien no exactamente igual que como entramos en ella, pero la crisis es solo la superficie: en el fondo se ocultan dos terribles monstruos que llevan ahí mucho, mucho tiempo, y a los que apenas hemos podido tapar un poco en los últimos años, de modo que siempre resurgen cuando más daño pueden hacer.
El primero es una carencia de valores morales. Deslumbrados por las lentejuelas de lo que hemos dado en llamar progreso hemos ido poco a poco aceptando que casi todo vale para conseguir un objetivo, que no hay por qué esforzarse, esperar, ahorrar, ayudar, pensar en los demás... a fin de cuentas, en esta carrera a ningún sitio todo vale porque creemos vivir en un videojuego que siempre se puede reiniciar y volver a jugar. La codicia desmedida y la indiferencia por el sufrimiento ajeno (no digamos por el bienestar) nos han llevado al momento actual: unos valores morales habrían impedido esta debacle.
El segundo es una preocupante carencia de tejido innovador y de conocimiento que siente las bases para una sociedad altamente formada y capaz de competir en cualquier escenario. Los diferentes y a menudo esperpénticos planes de educación que hemos sufrido en estos años, la alta tasa de fracaso escolar, el bajo nivel de nuestros estudiantes y el efímero atractivo del trabajo de escasa cualificación como medio de rápido enriquecimiento y en detrimento de los estudios nos han llevado a tener dos generaciones con serios problemas de cualificación.
La solución a estos dos problemas y por ende a la crisis es fácil de calcular: la educación. Educación en valores, propiciados desde y sobre todo en las familias, favorecida por un entorno social en el que los valores morales sean una seña de identidad, y cuyo sistema educativo apueste de forma inequívoca por ellos. Y también es necesaria una educación de calidad, perfectamente orquestada y adaptada a la realidad de los tiempos, sin influencias políticas ni doctrinales y con una continuidad de sus líneas fundamentales a lo largo de generaciones.El problema es que la educación supone un esfuerzo, una inversión cuyos resultados tardarán en ser palpables entre 15 y 20 años, y que requiere de un gran esfuerzo de consenso entre las fuerzas políticas y la sociedad, por encima de quien quiera que sea el gobernante de turno. Esto es lo que debemos exigir, y debemos hacerlo ya, porque si dejamos pasar el tiempo no solo tardaremos más en conseguirlo: además tendremos la rémora de varias generaciones perdidas y puede que no lo consigamos, ya que el mundo no espera.
De nosotros y solo de nosotros depende. No nos defraudemos.

La política actual de los planes educativos en la que se debe evitar la frustración de los niños, y por lo tanto no está permitido el suspenso ni el fracaso escolar, provoca que se tenga que bajar el nivel en las aulas al arrastrar más vagos e inútiles cada año. Se va a lo fácil y no se prima el esfuerzo. La culpabilidad de los padres separados o que trabajan fuera sobreprotege a los hijos y alimenta su egoísmo natural.
ResponderEliminarLos pocos que consiguen destacar se encuentran si salidas al terminar y acaban por buscar otro lugar que les ofrezca lo necesario para desarrollar su labor.