Cuando viajo me gusta recrearme en lo que me rodea, "perder el tiempo" en observar, escuchar, callejear y en buscar pequeños detalles. Por eso no me va el ver muchas cosas, y cuando comento luego el viaje la gente se sorprende: ¿Y no te dio tiempo a verlo todo? ¿Y no hicísteis excursiones a...?. Pues no, mire usted: prefiero quedarme con pequeños recuerdos entrañables que con una larga lista de lugares visitados y que luego se acaban confundiendo en la memoria.
El día de hoy tenía como objetivo principal la librería Lello, tan conocida como carismática y que por sí sola justifica un viaje a Oporto. Hay que dedicarle tiempo, empaparse con sus detalles, recordar sus olores (cada zona huele de manera diferente), tocar sus maderas... Es un poco difícil abstraerse por la gran cantidad de curiosos que por ella deambulan, por sus intentos de hacer fotografías y por el empeño de sus dependientes en impedirlo. Y compré un libro: un pequeño diccionario de bolsillo portugués - español.
Luego, y ya puestos, visitamos la Torre de los Clérigos, barroca y la más alta de Portugal, con sus 224 escalones, asumibles; recuerdo con horror las escaleras de la torre del Castillo de Praga, interminable, claustrofobizante y nada ventilada. La iglesia adjunta es de planta elipsoidal, única en su género. Muy cerquita, la Iglesia del Carmo y su enorme fachada de azulejo. Tras pasear un poco llegamos al Mercado del Bolhao, que sigue en el siglo XIX hasta en la higiene. Dicden las guías que lo mejor son los vendedores y sus pregones, pero la impresión que da es la de haberse quedado desfasado: tal y como sde ha conseguido en otros centros de Oporto, el mercado debe sufrir una modernización que conserve su espíritu o se verá abocado al cierre.
Repetimos comida (no solemos hacerlo en los viajes) en La Riberira, en Avó María, y probamos las famosas tripas (callos). Los barcos que partían de Oporto en largos viajes cargaban la carne y desechaban las tripas, y los portuenses las aprovecharon para hacer con ellas su plato emblemático: de ahí que se les denomine tripeiros. Son unos callos con alubias y una salsa suavemente picante, y que se sirven acompañados de arroz blanco a voluntad para empapar y aprovechar dicha salsa.
Con tan buen sabor de boca y para ayudar a bajar la comida nos acercamos a la antigua Bolsa de Portugal y actualmente Cámara de Comercio de Oporto. Se recorre medianta una visita guiada muy amena y simpática y es sencillamente impresionante: salones de maderas nobles perfectamente conservadas, salas en las que la madera y el metal de las paredes son en realidad estuco pintado por unos artesanos que se preciaban de poder imitar así cualquier material, mesas enormes de marquetería fruto del trabajo de un artesano durante tres años y sólo con una navaja...
Y como estábamos pasando a diario con el autobús por delante del Parque del Palacio, nos llegamos a él después de callejear por znosa que no figuran en las guías pedro que concentran el espíritu portuense de trabajo, respeto y cordialidad. Casas muy viejas y rehabiloitaciones preciosas, aunaque aún escasas, pero que dan una idea de en qué puede llegar a convertirse Oporto. El parque en cuestión es amplio, hermoso, bien situado sobre una hoz del Duero, del que permite espectaculares vistas, y, sobre todo, lleno de todo tipo de aves que conviven con los paseanjtes, incluso con los niños, sin ningún temor ¡hasta los pavos reales se meten entre las mesas de las terrazas y piden de comer! Esta imagen dice mucho del carácter y la educación de los portuenses.
Comparto tu filosofía de descubrir la vida de un sitio y no limitarse a visitarlo. Si se está bien y a gusto ¿para qué pasarse el día corriendo de un lado a otro hasta agotarse sin llegar a disfrutar realmente del viaje? Por eso House y yo hacemos los planes sobre la marcha: si hay que cambiar billetes para prolongar la estancia, pues se cambian y listo. No por cumplir un horario vamos a desaprovechar los días. Creo que en algún hotel el personal ha hecho hasta apuestas sobre si al fin nos marchábamos, o aún no.
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