jueves, 28 de junio de 2012

Tercer día: un poco de cultura

Hace un par de años descubrimos en Lisboa la Fundación Gulbenkian, dedicada a la promoción del arte y con un museo en un parque precioso y de visita muy agradabla, incluída la posibilidad de comer en un entorno agradable. Con esta idea hemos visitado la Fundación Serralves, de nuevo con museo y parque. Debo confesar que carezco de los decodificadores necesarios para apreciar el arte en su conjunto: sé lo que me gusta y lo que no y me decanto por las artes aplicadas o directamente la ingeniería. A pesar de ello disfruté en el Gulbenkian y esperaba hacerlo también en Serralves. Y lo hice, pero de otra forma.

La visita comienza por el museo, más bien por una serie de exposiciones temporales, lo que ya marca una notable diferencia, porque el Gulbenkian dispone de fondos propios además de las ofertas temporales. Y mi resumen fue que no comprendo el arte conceptual: o bien son conceptos tan sutiles que se me escapan o bien siento que me están tomando el pelo. Una sala enorme, de dos niveles, en la que unas cuantas fotografías trucadas y repetidas hata el aburrimiento comparten paredes con brochazos y desconchones, con cables asomando por los agujeros, en cuyo suelo hay restos de cuerdas, plásticos y piedras y cuyos espacios están atravesados por piedras que cuelgan de palos, a su vez sujetos con cuerdas... lo siento: no me llega.

Los jardines, bosques más bien, son ya otro cantar. Se construyeron a principios del siglo XX y ocupan 18 Ha, y hay una enorme variedad de flora y de fauna. Se echa un poco de menos algo más de información, al estilo de nuestro querido Jardín Botánico, pero es muy agradable.

El restaurante ofrece para comer un estupendo buffet, con cantidad y calidad de platos, y con unas vistas espectaculares. Al parecer, en las cenas se ofrece alta cocina de chefs internacionales.

Parece que no, pero toda la mañana y parte de la tarde de museos y parques cansa un poco; esto, unido a una inexplicable concatenación de retrasos en los autobuses (cuatro certificaciones de calidad tienen, nada menos) nos hicieron utilizar taxis el resto del día... y eso supuso abonar dos € más que si hubiéramos ido apretujados en el autobús que por fin se dignó aparecer. Espero que sea un problema puntual, porque hasta ahora funcionaba de maravilla.

Terminamos el día con una cena suave en el Majestic, cafetería modernista y símbolo de la intelectualidad y la rebeldía social de mediados del siglo XX. Recientemente restaurada, conserva todo el esplendor que le dió fama y es casi visita obligada.

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