Una vez informados por un simpático taxista sobre los peajes "normales" de las autovías que van hacia el norte, y descartada la opción de untilizar carreteras de doble sentido, hemos pasado el día en Guimaraes y Braga. Las autovías son excelentes y los conductores portugueses... hay que entenderlos, y una vez entendidos dos conceptos clave es más fácil convivir con ellos. Primer concepto: un conductor portugués siempre conduce contra algo o contra alguien. Parece que así compensan la educación y la amabilidad que demuestran cuando van a pie. Segundo concepto: las normas de tráfico son más una sugerencia que una imposición: los semáforos, las obligaciones de ceder el paso, de señalizar cambios de carril e incluso los pasos de cebra (que suelen ser respetados) son más una norma que una ley. Entendidas estas dos premisas, la conducción se hace más fácil y fluída.
Así las cosas y sin contratiempos dignos de mención llegamos a Guimaraes (bendito GPS), capital cultural 2012, con todo el sabor de una ciudad medieval y una organización de los espacios modernos, muy cómodo para el visitante. Para emoezar, hay varios aparcamientos, amplios y cómodos: buen comienzo. La oficina de turismo informa con detalle y entrega una guía con mapa, muy completa, así que empezamos la visita. El castillo, el muy bien restaurado palacio de los condes, la iglesia de San Miguel, el museo Sampaio y, sobre todo, las calles y plazas. Comimos en el Solar do arco (www.solardoarco.com), un pequeño y coqueto restaurante de la parte antigua, citado en las guías Michelín desde 2008, con una distribución, una atención y una carta exquisitas. Muy recomendable.
Tras la comida nos desplazamos a Braga, ciudad más bulliciosa y comercial, con unas calles de tiendas "de toda la vida", y que estaba a rebosar de gradas y pantallas ggigantes para ver el partido de la Eurocopa. GRacias a ello pudimos encontrar sitio en el café La Brasileira, imprescindible y muy antiguo, y nos refresacmos, que falta nos hacía.
De vuelta en Oporto cenamos en un italiano: podría decir que por su encanto, su cocina y sus precios; en realidad, porque era de los pocos sitios que no tenían puesto el fútbol. Eso sí: al salir y pasear llegamos a la plaza Aliados justo a tiempo de ver en la pantalla gigante la victoria de España y en la calle la amarga decepción de los portuenses.
No hay comentarios:
Publicar un comentario