El ser humano es capaz de adaptarse a condiciones muy variadas, pero siempre que el cambio sea paulatino. Antiguamente se viajaba muy despacio, y esto proporcionaba el tiempo necesario para que tanto nuestro cuerpo como nuestra mente fueran asumiendo los cambios de iluminación, temperatura, alimentación... Sin embargo, en la actualidad podemos pasar en apenas unas pocas horas del más tórrido verano al más crudo invierno, y el cuerpo lo acusa, y mucho.La mente también necesita tiempo para adaptarse a los cambios y las novedades, y el problema del momento presente es precisamente la gran cantidad de ellos que se han producido en unos pocos años. Hemos pasado de la radio a la televisión en blanco y negro, a la televisión en color, a los vídeos y los CDs, a los ordenadores, a Internet... y todas estas cosas nos han cambiado la vida de forma real y permanente. Y esto es bueno porque simplifican tareas tediosas y permiten dedicar el tiempo a lo que realmente importa... ¿o no? El problema es cuando tanto avance se convierte en un fin en sí mismo, insaciable y absorbente, en continua actualización (¿actualización?): dedicamos entonces nuestros esfuerzos a tener lo último y no nos queda tiempo para disfrutar.
Quizá los que ya peinamos canas y nos hemos mantenido al día estemos en mejores condiciones de apreciar en lo que valen todos estos avances, precisamente porque hemos vivido sin ellos. No dejo de maravillarme cada día que trabajo con un ordenador, cuando pongo en microondas, cuando hago largos viajes en un coche que me habla, ¡con aire acondicionado!, y recuerdo cómo eran las cosas antes. Me gusta este mundo porque creo haber sabido poner cada cosa en su sitio.

Sin embargo, leo y oigo cosas que me sorprenden. Por ejemplo: "el ecógrafo es el fonendoscopio del siglo XXI". No. El ecógrafo, cada vez más asequible, es un instrumento formidable, pero eso no quita mérito alguno a nuestro querido fonendoscopio, y hay que saber utilizar ambos. Lo más importante sigue siendo el criterio de cada uno a la hora de utilizar la tecnología, y perder esto de vista puede suponer un serio problema.
Hay más ejemplos de esto: la eliminación del código morse en los exámenes de radioaficionado tras la invasión de la informática también en este ámbito, el ver en lugar de leer, teclear en vez de escribir, y el que a mí más me duele: depender de calculadoras para la más simple suma, lo que lleva aparejado no solo no saber hacer operaciones, sino haber perdido el más elemental criterio matemático que nos lleva a darnos cuenta de que el resultado que hemos obtenido no puede ser correcto: lo ha dicho la calculadora, así que está bien, y además, ¿qué más da 0,3 que 0,03?
Durante casi 300 años se hicieron complicadas operaciones con un instrumento maravilloso: la regla de cálculo. Con ella se hicieron grandes obras de arquitectura, se diseñaron modernos aviones y hasta se llegó a la Luna (los astronautas llevaban reglas de cálculo: nunca fallaban, aunque todo lo demás si lo hiciera). Y si alguien quiere saber algo más, paciencia, que ya lo comentaré: de momento podéis ir abriendo boca en esta dirección: http://arc.reglasdecalculo.org
No hay comentarios:
Publicar un comentario