Ya desde el más remoto pasado el hombre ha cambiado cosas: el cazador que deseaba cereales o frutas tenía que dar al agricultor recolector a cambio sus piezas de caza o sus pieles. En este trueque se cambiaban bienes por otros bienes, de modo que si no conseguías hacer el intercambio siempre podías quedarte con ellos. Este sistema implicaba tener que acarrear los bienes, lo que no siempre era práctico ni factible, cuando no peligroso.
El paso siguiente fue asignar un determinado valor acordado entre el comprador y el vendedor a unos objetos de intercambio; esto hacía más fácil el proceso, pero se basaba en dos cosas: un acuerdo previo y la confianza en que a cambio de estas conchas de caurí o de esta bolsa de sal (de ahí la palabra salario) me van a dar un cesto de frutas. Y además comenzó la competencia: yo te doy dos manzanas más por tus conchas que mi vecino. Esto funcionaba bien a pequeña escala, pero al crecer los reinos y los imperios se hizo necesario regularlo y aparecieron las monedas: pequeños objetos, fáciles de transportar, con un valor intrínseco, como la plata o posteriormente el oro, o simbólico, acuñados para demostrar que un determinado gobierno garantizaba su valor o, lo que es lo mismo, que se podía confiar en la moneda.Las monedas plantearon posteriormente otros problemas, uno de los cuales, la posibilidad de ser robadas y utilizadas por cualquiera, favoreció la aparición de otro medio de intercambio más seguro: unos documentos que identificaban a su propietario y que podían ser cambiados por monedas u otros bienes. En la época de las cruzadas los viajes eran muy largos y los caminos eran inseguros. Los caballeros templarios, de una honradez a toda prueba, disponían de lo que ahora llamaríamos delegaciones en el camino y en la propia Tierra Santa. Un comerciante depositaba su dinero en París y recibía a cambio un documento que podía cambiar al llegar por dinero, sin haberlo transportado ni haber sufrido su robo por el camino. De nuevo aparece la confianza.
Los actuales billetes basaban su confianza en que detrás de cada uno de ellos había guardado en un determinado banco una cantidad equivalente de oro que lo respaldaba. Actualmente ya no es así, en buena parte porque ahora la mayor parte del dinero es electrónico, virtual o como queramos llamarlo: en realidad, no existe. Nunca como ahora la economía, las finanzas o los negocios se han basado tanto en la confianza de todos los implicados; por eso los falsificadores son tan rápida e implacablemente neutralizados.Y nunca como ahora se ha atacado tanto la confianza en el sistema. Las economías occidentales no han sufrido un tsunami que haya arrasado de forma irreversible sus sistemas de producción: siguen existiendo las cosechas, los rebaños, las granjas... Los modernos medios globales, instantáneos y universales de comunicación son herramientas muy poderosas, y como toda herramienta debe ser utilizada con mucha precaución. Difundir rumores o mentiras, o insistir cada pocos minutos en dar noticias alarmantes aunque sean ciertas solo conduce a una cosa: a que poco a poco, de manera subliminal incluso, se pierda la confianza en el sistema e incluso se pueden tomar decisiones precipitadas o equivocadas.
Todos tenemos que ser conscientes de estos hechos y hacer un esfuerzo activo para salir de esta situación. Los que tienen la responsabilidad de informar deben hacerlo de forma fehaciente y, sobre todo, prudente, haciendo primar la exactitud sobre la oportunidad de la noticia, aunque esto suponga perder una efímera primicia. Los que recibimos la información debemos ser sensatos y selectivos, informándonos en fuentes fiables y absteniéndonos de esparcir rumores, tanto personal como informáticamente.

El problema es que las pruebas lo que demuestran es que en los que depositamos nuestra confianza son, muchos de ellos, una panda de ladrones, con ideales que nada tienen que ver con ni con los Templarios ni con Robin Hood. Ante esa evidencia surgen reticencias naturales porque pocos son los de naturaleza tan desprendida que no les preocupe perder lo que poseen. ¿Cómo superar eso? Difícil. Para empezar haría falta una justicia eficaz que obligase a devolver lo robado y no una ley de amnistía que les proteja.
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