A diario nos enfrentamos a situaciones que nos hacen preguntarnos: ¿Cómo es posible? ¿Alguien lo ha pensado antes de hacerlo? Este blog pretende dos cosas: reflexionar sobre estas situaciones y servir de desahogo a su autor. Nada más... y nada menos. Y luego, como siempre pasa con los planes, la realidad irá dando forma al invento.
domingo, 4 de mayo de 2014
Viaje a Burgos (y 7)
Están preparando el banquete de una boda en el hotel, en el precioso claustro gótico: tiene una pinta estupenda. La gente pasea por las calles bien vestida, sin estridencias y con mucha menos seriedad que en Valladolid: son más "normalitos", o eso creíamos hasta hoy; hay muchas bodas y el desfile de modelos de los invitados es incesante, generalmente un poco excesivos, sobre todo comparado con lo visto hasta la fecha.
Como es el último día hay que hacer compras: recuerdos, productos típicos, regalos para las familias y para la madre... gracias a los largos paseos vamos a tiro hecho. Intentamos reservar para comer en El 24 de la Paloma: imposible ni hoy ni mañana; a golpe de teléfono lo conseguimos en el Mesón del Cid, el del primer día. Visitamos La Casa del Cordón, sede de una exposición sobre Japón muy interesante: "Entre el pincel y la espada". Como otros muchos edificios históricos, La Casa del Cordón es sede de una entidad bancaria: parece que así se conservan en buen estado y parcialmente al alcance del visitante.
La comida excelente, sin sorpresas: es el único sitio en que hemos repetido. Menestra, chuletitas de cordero, bacalao gratinado, leche frita flambeada y helado caliente con caramelo de naranja.
Y luego, para hacer la digestión y quedar con un buen sabor de boca, de nuevo a ver la Catedral, recrearnos en los puntos clave y admirar hasta la saciedad la espectacular Capilla de los Condestables. Carretera y manta y en Madrid en poco más de dos horas; la cercanía de Burgos permite aprovechar hasta el último momento el tiempo de viaje sin que resulte agobiante.
Ha sido éste un viaje muy agradable, y por varios motivos: nos hacía mucha falta, es un destino cómodo, el tiempo ha ayudado y Burgos es una ciudad con mucho encanto, y volcada con la naturaleza, ideal para nosotros en cualquier momento y muy oportuna en el presente. Nos prometemos volver, aunque sea de escapada. Y os la recomiendo, tanto si sois de los nuestros, de ver las cosas muy pausadamente, como si simplemente queréis tener una pinceladas: en cualquier caso, os va a encantar.
viernes, 2 de mayo de 2014
Viaje a Burgos (6)
jueves, 1 de mayo de 2014
Viaje a Burgos (5)
Viaje a Burgos (4)
miércoles, 30 de abril de 2014
Viaje a Burgos (3)
Aprovechando la buena situación del hotel vamos dando un paseo hasta el monasterio de Las Huelgas. No se permiten las fotos durante la visita guiada, visita que tiene su sentido para no interferir con las actividades de las monjas de clausura. Lo que resulta increíble es la gestión de mi mochila, la de la cámara de fotos, que despierta todo tipo de sospechas, porque acude el vigilante de seguridad, me informa que debo dejarla en consigna ¡y antes de eso la pasa por el detector de rayos X! ¿Qué piensan, que voy a volar los armarios? Y lo más curioso es que dejan pasar a una señora con un bolsón tan grande como mi mochila y a otra con una mochila muy sospechosa: comprada en la tienda de regalos del Congreso, eso sí que tiene peligro. La visita en si, muy agradable, con guía y de casi una hora.
A la vuelta pasamos por la iglesia de San Cosme, muy próxima al hotel: un ejemplo más de iglesia monumental "de barrio". Para comer elegimos El 24 de la Paloma, un restaurante moderno sobre la base de la cocina clásica local, y que consigue sabores sorprendentes y con una atención exquisita: ensalada tibia de alcachofas, bacalao al pil pil, tiradas de vieira (con espuma de coco), gyozas dulces de calabaza con helado de Idiazábal y chocolate de Tanzania con licor.
Por la tarde, paseo sin más por la parte antigua y de copas. Hoy hay manifestación por la escuela pública, muy activa y colorida y muy civilizada: apenas un par de coches policiales para dirigir el recorrido y ningún incidente. Ya que estamos por aquí cenamos de raciones en La Cantina del Tenorio, un local entrañable con unas tapas deliciosas y caseras. Aquí nos encontramos con Berta, nuestra guía de Las Huelgas de esta mañana: la mejor recomendación. Es uun sitio muy original a la par que clásico: una de sus paredes está decorada con doce preciosos retratos ¡de sus proveedores!: el del bacalao, el de los encurtidos, el del pan... cada uno con un comentario jocoso.
martes, 29 de abril de 2014
Viaje a Burgos (2)
Tras una noche de descanso reparador y un desayuno delicioso y abundante, empezamos un día típicamente turístico, así que ¡a la Catedral!
Es realmente espectacular tanto por fuera como por dentro, muy luminosa ya que apenas tiene vidrieras y con una sensación de ligereza muy conseguida. La entrada incluye audioguía, que no solemos coger, pero que está muy bien: ofrece información suficiente de cada sitio y añade la posibilidad de profundizar más a gusto del visitante. El recorrido es agradable, y la pieza clave es la Capilla de los Condestables: una catedral dentro de la catedral. El museo está muy bien planteado y su recorrido es muy ameno. Solo le pondría dos "peros": no hay aseos y el centro de interpretación y el estupendo vídeo histórico que en él se proyecta están al final de la visita; empezar por aquí facilitaría mucho la comprensión del conjunto.
Comida en sitio típico: el Mesón del Cid, frente al pórtico de SantaMaría, en un edificio histórico perfectamente conservado y con una cocina exquisita y contundente: berenjenas rellenas de bacalao, escalopines a la pimienta, solomillo con salsa de queso del páramo y postres del abuelo (queso de Burgos con miel y nueces) y de la abuela (cuajada con miel y piñones).
Hay que bajar como sea tan opípara comida, así que toca paseo por el larguísimo parque de la Isla. Se trata de un espacio en la margen derecha del Arlanzón, perfectamente acondicionado como jardín botánico y zona de recreo tranquilo, con estanques, fuentes, restos arqueológicos rescatados del olvido y una tranquilidad que solo se encuentra en este tipo de ciudades.
Y es que la impresión que transmite Burgos es de una ciudad muy cosmopolita: no en vano es punto clave del Camino de Santiago, y sin embargo pausada y calmada, con gentes muy abiertas de verdad con el visitante. Y limpia, muy limpia, lo que refleja no solo un esfuerzo para que así sea, sino un llamativo grado de civismo de sus gentes. También aquí encontramos los bares abarrotados por la noche y en día laborable en mitad de la semana: este sistema de relaciones y, sobre todo, el poco tiempo ante el televisor que ello implica pueden tener mucho que ver en el ambiente que se respira en las calles.
Terminamos el día cenando raciones en La Favorita; la próxima vez tomaremos tapas, ya que hay mucha tradición en la zona y este bar tiene importantes premios en concursos de estos manjares.
Viaje a Burgos (1)
Y en ello estamos: este puente del primero de mayo toca Burgos. Vinimos hace más de 30 años y guardamos un gran recuerdo; lógicamente, ni Burgos ni nosotros somos los mismos, así que será más un descubrimiento que un reencuentro. Ya vamos conociendo unas cuantas capitales castellanas y siempre nos sorprende lo diferentes que son y lo poco que sabemos de ellas a pesar de tenerlas tan cerca.
Como de costumbre vamos agotados y somos de natural tranquilo, así que nos lo tomamos con calma, viendo pocas cosas pero a fondo e intentando empaparnos de la cotidianeidad del lugar y de sus gentes. En esta línea empezamos por no hacer el camino de un tirón (cosa que sí haremos a la vuelta) y paramos a comer en Lerma, preciosa villa burgalesa sobre el río Arlanza y con un sabor medieval muy agradable y perfectamente conservada y acondicionada a los tiempos modernos. Vale la pena salir de la autovía y dedicarle un rato; en nuestro caso, además, comimos en el Parador (nos gustan los Paradores): además de comer muy bien ¡no hay cobertura de móvil! Los muros son tan gruesos que no se oyó un solo tono de llamada durante toda la comida.
Llegamos sin problemas al hotel elegido, un poco a ciegas ya que no tuvimos fuerzas para hacer una búsqueda en condiciones. Y resultó todo un acierto: hotel Palacio de la Merced, que ocupa el antiguo palacio del mismo nombre y que es espectacular. Se sitúa a orillas del Arlanzón, muy cerca de la Puerta de Santa María, a un tiro de piedra del centro y de la Catedral, con una calidad impresionante y respetando el espíritu del palacio, con un claustro gótico y unos salones de ensueño. Moderno, silencioso, acogedor... y solo con cruzar la calle, el río, lleno de aves de todo tipo.
Al ser la primera tarde y de viaje salimos a dar un paseo. Es curioso esto de la memoria: hace más de 30 años que estuvimos aquí y pese a ello llegamos sin dificulotad al edificio de la Capitanía, por el que pasábamos a diario camino del hotel. ¿Qué hotel era? Era modesto y antiguo, con cama con dosel y un edredón muy acogedor (hizo un frío terrible entonces), pero poco más conseguíamos recordar. Sin embargo, al mirar en un cartel de información turística vimos un nombre que disparó el recuerdo: hotel Norte y Londres, y hacia él fuimos, y era, en efecto, nuestro hotel de entonces.
Buscamos donde cenar, en mesa y dentro, que esta moda de tiritar en la calle bajo una estufa no acaba de convencernos, y acabamos en Rimbombín, un bar restaurante de los muchos que rodean la Plaza Mayor. Cenamos unas alpargatas, que son una tostada fina de pan de leña tostado, con aceite virgen y lonchas de ibérico: sencillamente deliciosas, un revuelto de bacalao en su punto y un flan de café casero. La atención, impecable: un sitio muy recomendable.
Y ya está bien para el primer (medio) día: mañana más.
domingo, 11 de agosto de 2013
Saber lo que se hace.
sábado, 6 de julio de 2013
Un viaje a Milán (y VII)
Bueno, toca recoger y volver a Madrid. Hemos decidido coger un vuelo por la tarde para disponer del día y comer en Milán; llegaremos a buena hora y mañana nos dedicaremos a la familia.
La salida del hotel, sin problemas. Tienen muy bien organizado todo y la consigna es estupenda; incluso nos dejan ya pedido el taxi al aeropuerto para la tarde para evitar sorpresas. Paseamos por las calles comerciales, abarrotadas de gente por las rebajas que empiezan hoy; compramos recuerdos y localizamos una chocolatería clásica: Venchi, al lado del hotel Park Hyatt, donde compramos bombones para la familia: no hay sitio para más cosas en las maletas (luego resulta que tienen tienda en el aeropuerto: nos pudimos haber evitado cargar con el peso toda la mañana). Elegimos para comer un restaurante al que no vamos a volver y del que ni siquiera me he quedado con el nombre: es el primero a la derecha nada más entrar en la Gallería. Comida normalita tirando a mediocre, precios altos y trato manifiestamente mejorable.
De vuelta al hotel, sigue la buena atención: consigna estupenda, habitación para rehacer el equipaje con las últimas compras, báscula para comprobar el peso y taxi en la puerta; más que taxi, coche de lujo: un Mercedes último modelo, conductor de traje y corbata, viaje suave y rápido y trato excelente. Y el mismo precio que un taxi "normal": así da gusto ( me recordó a los taxis de Amsterdam).
El aeropuerto de Malpensa, que apenas entrevimos a la llegada, es más cercano y asequible que la T4 de Barajas. Para empezar, nos atendió una persona, una amable señorita que hizo todo en menos de 3 minutos, sin colas ni molestias. El aeropuerto es grande, pero las dimensiones y las distancias son plenamente asumibles. Tomamos el postre en una cafetería y embarcamos puntualmente y sin agobios.
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Y esto ha dado de sí este viaje. Lo necesitábamos mucho para descansar (aunque no hemos parado) y tomar un poco de perspectiva: conocer otras tierras, otras gentes, es la mejor manera de hacerlo, y más en una ciudad tan cosmopolita.
Con todas las reservas de una experiencia tan corta, tengo la sensación de que esta gente es educada, muy trabajadora y muy abierta y tolerante. Su carácter es distinto al de los romanos, un poco más serio sin dejar de ser amable. No se ve apenas miseria por las calles, aunque hay carteles de ONGs que advierten de los riesgos de la pobreza, sobre todo la infantil, y no hemos apreciado problemas de seguridad, aunque hay mucha presencia policial, tranquila, eso sí, y del Ejército controlando los sitios clave, como el Duomo.
Ha sido una experiencia muy bonita y que nos deja con muchas ganas de volver: nos hemos sentido como en casa nada más llegar.
Y se acabó, que el comandante dice que estamos llegando y que apaguemos los chismes electrónicos. En cuanto llegue a casa y tenga red publico las entradas que faltan.
Un viaje a Milán (VI)
Una vez terminadas las excursiones vamos a visitar la parte suroeste de la ciudad, menos turística que el resto pero con sitios a priori interesantes. El Metro nos lleva de maravilla y damos pequeños paseos para ir de un sitio a otro.
La iglesia de Santo Ambroggio está dedicada al patrono de Milán. Es una iglesia muy antigua cuyo fundada sobre restos romanos y modifica da a lo largo de los siglos. Tiene un enorme atrio que en su día y hasta que hubo murallas sirvió de refugio a las gentes del lugar. La iglesia en sí tiene tres naves, una central y dos paralelas; es alta y no muy luminosa. Tiene un altar chapado de oro y plata y un muy antiguo baldaquino sobre él; en la cripta se pueden ver los restos del santo.
Tras un corto paseo por la vía Edmundo De Amici llegamos a la basílica de San Lorenzo, edificada sobre los restos de un templo romano y en cuyo exterior se ha dispuesto una columnata romana. La iglesia en sí es de planta circular, muy alta y tranquila e invita a la meditación. En la capilla de San Aquilino se guardan restos, puertas y frescos romanos, así como los cimientos originales y los inevitables restos del santo.
Un corto paseo más y llegamos al barrio del Navigli. Para convertir Milán en un centro de comercio se construyó un red de canales navegables (Leonardo Da Vinci tuvo que ver en su diseño) por la que circularon durante siglos barcazas cargas de materias primas y de productos elaborados; el auge del tren los condenó al olvido y muchos de ellos se cerraron y rellenaron. Quedan, no obstante, unos cuantos canales navegables y en torno a ellos y tras un gran esfuerzo de limpieza y modernización ha crecido un barrio bohemio y una zona de bares y restaurantes que animan las noches de la ciudad. Casi por casualidad damos con un restaurante formidable: el Brellin, situado junto a un pequeño canal y al lado de un antiguo lavadero público. Tiene un jardín precioso, rodeado de vegetación, al lado del agua y con una rumorosa fuente. La comida, deliciosa: ensalada de polo con crudités, una impagable milanesa, pez espada con espárragos verdes y gazpacho, fresas y un exquisito carpaccio de piña con pimienta roja en grano.
Como había tiempo, cogimos el metro y subimos a la zona noreste, a la pinacoteca de Brera. Es un gran, enorme museo de pintura, muy bien ubicado y desarrollado, pero que llega a resultar abrumador, sobre todo si el arte no es lo tuyo. Cenita tranquila en la Gallería y paseo hasta San Babila a coger el Metro: todas las tiendas están abiertas y trabajando porque mañana ¡empiezan las rebajas! Y al parecer son todo un acontecimiento.
Un viaje a Milán (V)
En el segundo día de excursiones toca visitar el lago de Como. Es un gran lago, no el más grande, situado a los pies de los Alpes, con forma de "Y" invertida. Vamos a llegar a Como en tren y luego iremos en barco hasta Bellaggio, lo que supone ir del extremo de una de las ramas hasta el centro, y volveremos en autobús. Hay quien recomienda alquilar un coche en Como e ir por carretera, pero esto plantea dos problemas: las carreteras son muy estrechas y sinuosas y requieren toda la atención del conductor, y por otro lado, buena parte del camino discurre entre casas o muros.
El tren está bien: es cómodo, pero para en todas las estaciones, por lo que se tarda una hora en recorrer un trayecto de apenas 25 minutos. Esta vez no hay dudas: para subir al tren hay que pasar por un control electrónico que valida el billete. La estación de Como Lago está muy cerca del muelle, así que el transbordo es rápido y bien coordinado. El lago es inmenso y hasta Bellaggio se tardan dos horas, ya que va parando en casi todos los pueblos. Estos pueblos son pequeños y están pegados unos a otros, sobre laderas muy escarpadas, pero cada uno tiene su hotel, su iglesia con campanario, sus edificios representativos y sus accesos al lago, algunos incluso con playitas; hay un servicio de taxis de agua, algunos muy modernos y otros de diseño retro, de madera brillante y aspecto deportivo.
Llegamos a Bellaggio a la hora de comer, así que elegimos un restaurante al pie del agua, con una vista increíble del lago, las montañas aledañas, el trajín de los barcos y aves de todo tipo que venían a comer con nosotros: patos, córvidos, gaviotas, palomas, descarados gorriones... Luego, a visitar el pueblo: tiene un par calles estrechas que suben a la parte alta; en todas ellas hay comercios de todo tipo donde se pueden comprar desde ropa a figuras de cristal, sin olvidar tiendas de moda a lo largo de todo el paseo del lago. No es Bérgamo, pero tiene su encanto propio, además del entorno. Nunca había estado en un sitio como éste, tan bonito al pie de las montañas.
La vuelta, en autobús: apenas tarda una hora, y sigo sin entender como podía pasar por según que sitios donde parecía imposible que cupieran dos vehículos. Tanto las edificaciones como los habitantes están acostumbrados a vivir en unas laderas empinadísimas y a manejarse en espacios realmente estrechos.
Cenamos de nuevo en la vía Mercanti, pero esta vez los mosquitos nos echaron materialmente antes del postre, así que tomamos un helado en la plaza del Duomo y pudimos contemplar las vidrieras de la catedral iluminadas desde dentro. Hay una gran cantidad de gente y un enorme bullicio, que no parece justificado sdolo por ser jueves. Gran ciudad ésta.
viernes, 5 de julio de 2013
Un viaje a Milán (IV)
Hoy toca viajar a Bérgamo, recomendadísimo en todas las guías. Además, el tren sale de la Estación Central, que se encuentra a un paseo del hotel, así que más fácil, imposible... o eso parecía.
Para sacar los billetes hay dos alternativas: una cola inmensa, con número pero lentísima, o las máquinas expendedoras, de manejo nada sencillo y que, por ejemplo, no aceptan tarjetas una vez casi completado todo el proceso. A pagar en efectivo, pues, y al tren, que ya está en la vía. Un buen viaje y al llegar hay que coger un autobús que sube hasta la ciudad vieja, la que interesa conocer. Como en todo este viaje,los billetes se compran no en el autobús, sino en los bares o estancos: carrerita hasta el más cercano. Eso sí, a mitad de la subida vemos el funicular, así que nos bajamos y lo cogemos con el mismo billete, y nos deja en el mismo recinto amurallado.
La ciudad tiene un gran encanto. Es una ciudad muy antigua y sobre todo de factura medieval, situada en un punto estratégico y rodeada por una impresionante muralla. Cualquiera de sus calles te lleva muchos siglos atrás, pero la Piazza Vecchia es algo espectacular: en un espacio muy reducido aparecen casas, el Ayuntamiento, dos palacios, una capilla, una catedral, un oratorio y una basílica, cada una de un estilo y a cual más llamativa. Visitas obligadas: Duomo, Santa María la Maggiore, Palacio, La Roca... y calles, muchas calles empedradas e increíbles. Hay mucha actividad comercial y cultural, y hasta un importante teatro.
Sitios para comer hay muchos, pero nos dimos el gusto de hacerlo en la misma Plazza Vecchia, en La Taberna del Colleoni d'Angelo: un lujo de sitio y una comida increíble.
A la vuelta, pequeño problema en el tren. Resulta que no basta con sacar el billete, sino que hay que validarlo antes de subir al tren. Ciertamente lo pone en el billete, chiquitito para que no se vea, y la validación consiste en meterlo en una máquina que le imprime la fecha y la hora. Nada más que eso: no registra cuanta gente sube al tren ni sirve para nada más. El revisor nos impuso una multa de 5€; extraña que el revisor de la ida no pusiera ninguna pega, pero así son las cosas.
Cenamos en la Gallería, en un pequeño restaurante llamado La Locanda del Gatto Rosso: una carta variada, de muy buena calidad y un servicio esmerado. El punto negro lo puso una familia con dos hijos: unos de unos 5 años y otro de unos 11. El pequeño era un trasto descontrolado y el mayor, simplemente un cerdo: comía con las manos, se pringaba la ropa, dejaba los trozos que no le gustaban encima del mantel y cogía con los dedos la comida del plato de su hermano. Y los padres, a lo suyo y como si no fuera con ellos; el padre bebía a morro de la botella y la madre tonteaba con el móvil. El camarero, un señor donde los haya, se esforzaba en poner un poco de orden de manera exquisita y se le oía exclamar "¡Santa Madonna!". Eso sí: dinero y ostentación, todos.
A pesar de todo, un día fantástico y un viaje muy recomendable.
Un viaje a Milán (III)
Una vez más, los tapones para los oídos han sido unos buenos aliados del sueño. La calle es algo ruidosa, no tanto como era de esperar, y las ventanas son buenas, cosa no habitual. Pero el Metro se nota y mucho, incluso con vibración; afortunadamente, descansa de medianoche hasta las seis.
Hoy toca visitar el castillo Sforza y el parque Sempione adosado a él. El Metro nos lleva de puerta a puerta, así que podemos dedicarle todo nuestro tiempo. De entrada impresionan sus proporciones y su buen estado de conservación, explicado en parte por las muchas reconstrucciones que ha sufrido tras accidentes, explosiones y bombardeos. Tiene una gran exposición museística muy variada: pinacoteca, arte en general, historia militar, instrumentos musicales... todo ello estructurado de una forma amena y que facilita el recorrido, recorrido que se complementa con los caminos y pasadizos del propio castillo. Las diferentes horas del día ofrecen unos cambios de luz muy interesantes de cara a las fotografías: vale la pena volver a pasar por las zonas que más nos hayan gustado para calibrar las diferencias.
Justo detrás del castillo está el parque Sempione, muy grande (47 Ha) y agradable de recorrer hasta su otro extremo, donde está el Arco de la Paz, construido a semejanza del arco de triunfo de Trajano y desde donde se origina el Corso Sempione, un intento de rememorar los Campos Elíseos.
Como quedaban cosas por hacer decidimos comer en un bar cerca de la estación de Cadorna, correcto y lleno de ejecutivos locales y de paso. Aprovechamos para sacar los billetes de pasado mañaña a Como y nos dejamos caer por el Museo Arqueológico, que es donde más restos romanos podemos encontrar. Y ya que está en el Corso Magenta, calle de tiendas y casa nobles, pues a disfrutar el paseo y luego a culturizarnos.
El museo está muy bien diseñado; situado sobre ruinas y al lado de lo que fue una de las torres de la muralla romana, abarca hasta la Alta Edad Media. Eso sí, cazamos un error de bulto en varios mapas: el Ebro está sin nombre y el Ródano está marcado como Ebro.
Como sobraba tiempo volvimos al parque Sempione y subimos (en ascensor, faltaría más) los 108 metros de la Torre Branca, antigua torre de comunicaciones y que ofrece una panorámica completa de todo Milán.
Rematamos cenando de nuevo en la Galería; tendremos que ir probando la mayoría der los restaurantes, ya que el entorno, la atención y la carta los hacen muy recomendables.
jueves, 4 de julio de 2013
Un viaje a Milán (II)
Tras una buena noche y un estupendo desayuno buffet en la terraza del hotel nos disponemos a atacar la catedral del Duomo.
Impresiona su interior, robusto (52 pilares nada menos, uno por cada semana del año) pero nada pesado, muy luminoso y muy, muy grande: es la tercera catedral del mundo en tamaño, por detrás solo de San Pedro del Vaticano y de la catedral de Sevilla. Si quieres hacer fotos tienes que pagar por un brazalete azul que te autoriza a ello, siempre sin flash ni trípode, por supuesto.
Pero lo más espectacular es la visita al tejado, acondicionado para ello y para espectáculos audiovisuales. Es una verdadera jungla de agujas y figuras de piedra, cientos, miles en realidad, y habría que subir varias veces para apreciarlo en todo su valor... en ascensor, claro, que estamos de vacaciones. Gracias al muy buen día que disfrutamos teníamos una panorámica de todo Milán impagable.
La comida, en la galería Vittorio Emmanuelle II, donde hay varios sitios, no baratos pero tampoco prohibitivos, con muy buena atención y platos muy conseguidos. En cualquier caso, tampoco estábamos para buscar mucho, que aún se nota el cansancio. Y ya que nos pilla al lado, una obligada visita al teatro de La Scala, donde recorrimos el museo y pudimos acceder a los palcos, y hasta vimos una obra... en realidad había un montón de obreros, técnicos, grúas y camionetas montando una gran escenografía. Pero es una obra, ¿o no?
Y aunque pillaba algo lejos nos acercamos a la Ca' Grande, enorme edificio que ha albergado desde hospicios hasta hospitales de pobres y que hoy es la sede de la Universidad. Vamos, que a lo tonto hemos andado mucho más de lo inicialmente previsto para el día. Rematamos cenando de picoteo en la vía Mercatori: nosotros cenamos y los mosquitos nos picaron a base de bien. Curiosamente no hemos encontrado mosquitos más que aquí: esperemos que no sea el preludio.
martes, 2 de julio de 2013
Un viaje a Milán (I)
Bueno, henos aquí de nuevo, prestos a comenzar otro viaje. Nada de grandes aventuras ni de circuitos largos y complicados: esta vez toca Milán y alrededores, en plan tranquilo, que llegamos a estas fechas con mucho cansancio y mucha sobrecarga por un cúmulo de circunstancias familiares, laborales, sociales... y es cuestión de intentar desconectar y de tomárselo con calma.
Empezamos por el avión, de Iberia y en la T4. Me encanta volar pero detesto viajar en avión: prefiero el tren o, mejor aún, el coche, así que me lo tomo con resignación. Esta vez salimos a las 12, sin necesidad de madrugones pretendidamente para ganar un día: con lo cansado que llegas, lo acabas perdiendo. Ya en Barajas, el primer contratiempo: inmensas colas para los mostradores de facturación anunciados en los paneles, así que resignación... y mucha paciencia, porque al llegar casi a la meta apareció un individuo malencarado que nos ladró que esa cola era para los que ya tenían la pegatina de la maleta y la tarjeta de embarque.
- Y eso, ¿cómo hay que hacerlo?
- Pues en las máquinas rojas, claro.
- Entonces, ¿tengo que abandonar la cola, esperar en la máquina roja y hacer otra cola para facturar?
- Claro.
- ¿Y por qué no lo explican antes?
- ...
Lo peor fue que la señora que me antecedía, francesa ella, no se enteraba de nada, y no hacía más que intentar hacerse entender por el individuo en cuestión, que pasaba de ella olímpicamente. Tuve que traducirle la situación y orientarla.
La verdad es que una vez puestos en el camino correcto, el sistema está muy bien, pero podrían explicarlo. Las otras tres personas con las que hablé, encantadoras, me confirmaron que estaban teniendo muchos problemas por este motivo y que ya lo habían comunicado sin éxito alguno.
Una vez en Milán, muy bien todo. Cogimos un taxi desde el aeropuerto de Malpensa, que no estábamos para arrastrar maletas por el tren y por la calle, llegamos al hotel, salimos a meriendocomer y nos bajamos a la plaza del pueblo, o sea, al Duomo, a empezar a conocer el sitio y hacernos con los transportes. La primera impresión ha sido muy favorable: una ciudad cosmopolita, activa sin agobiar, acogedora, luminosa y aparentemente asequible. Dado que comimos tarde (y bien), decidimos tomar un simple helado para cenar y no demorar el descanso, que arrastramos mucho de antes del viaje.
A la vista de lo leído en las guías (esta vez solo son tres), hay muchísimo que ver y que hacer, lo que unido a nuestra parsimonia y a nuestras ganas de profundizar en los detalles augura que tendremos que volver. En fin, mañana será otro día.
martes, 7 de mayo de 2013
Un viaje a Valladolid ( y VI)
Decidimos empezar por el parque del Campo Grande, bien provistos de galletas para los pájaros, los pavos, los patos, las ardillas... Es estupendo ver cómo se acercan a pedir comida con total confianza: esto dice mucho de la educación de la gente. Y me sigue sorprendiendo el parque en sí mismo, con su frondosidad y su silencio, pavos aparte, en mitad de la ciudad.
Visitamos la casa museo de Cervantes y el museo del Monasterio de Santa Ana, ambos pequeños y ambos, como es la tónica aquí, muy bien estructurados y llevados. Además, conseguimos ver por dentro las iglesias de San Benito y de María la Antigua. Estas iglesias solo pueden visitarse poca antes y poco después de cada misa: de hecho, van apagando las luces y dirigiendo al público a la salida unos diez minutos después.
La comida, con reserva, en La parrilla de San Lorenzo. Además de comer bien, la sensación que transmite es de calidad, de compromiso de todos y cada uno de las personas con el fin último: que pases un rato inolvidable. Tulipa de boletus con foie, lechazo asado, solomillo de ternera, tarat de las monjas (extraordinaria) y flan casero
Tuvimos la ocasión de ver la salida procesional de la Vera Cruz, sobria como ella sola y con enorme afluencia de un público silencioso y respetuoso. Luego repetimos cena de tapas en Los Zagales, y eso no solemos hacerlo, pero es que el sitio y la comida lo merecen.
Y la última mañana la dedicamos a las compras: quesos, dulces, y algún recuerdo; a callejear y a comer en El Caballo de Troya, otro sitio muy recomendable, con un comedor y una cocina estupendos, aunque la gente tira más por su taberna: quedará para la próxima vez. Cayeron entrecôt de ternera, carrilladas de buey, alcachofas con jamón ibérico, flan y leche frita.
Porque habrá próxima vez. Valladolid tiene muchos encantos, unos conocidos y otros algo más ocultos, y es una de esas ciudades donde vale la pena estar por el mero hecho de estar, caminado o sentado en una terraza, de compras o visitando exposiciones. Y sus gentes son muy formales, muy cordiales con apenas un punto de reserva, educadas y cultas y muy respetuosas con los demás y con su entorno. Y además está cerca y bien comunicado por carretera y por AVE: ¿qué más se puede pedir?
viernes, 3 de mayo de 2013
Un viaje a Valladolid (V)
Sobre los restos de una villa romana, complejo de vivienda y explotación agropecuaria que junto con los campamentos militares fue el germen de muchas ciudades actuales, han levantado un complejo que incluye un museo, un a modo de enorme hangar que cubre todo el yacimiento, perfectamente restaurado y con una pasarela elevada que lo recorre, la reproducción de la vivienda y una zona de juegos infantiles ambientada en la época; como añadido inesperado tocaba una representación de un pequeño "sainete romano"interpretado por actores aficionados de la vecina Olmedo. La visita es amena, agradable, entretenida y muy instructiva; sales con una idea muy clara de la vida de la época.
Como se hizo un poco tarde decidimos quedarnos a comer en Olmedo; tuvimos que esperar en Los Caballeros, pero valió la pena: parrillada de verduras, las mejores chuletitas de lechazo hasta el momento, postre de yogur y un increíble helado de manzana. Muy buen ambiente y muy buena cocina.
Y ya que estábamos aquí, qué menos que visitar el Palacio del Caballero de Olmedo: otra enorme sorpresa. Sobre el papel de las guías es la historia del relato de Lope ambientado en un recorrido por el Siglo de Oro; en realidad es un paseo por una serie de salas con unos medios audiovisuales, una narrativa y unas escenificaciones espectaculares y dignas de cualquier circuito turístico. Pregunté al salir cuanto tiempo llevaban abiertos: ocho años, me respondieron, y ante mi extrañeza de que tanto el Museo de las Villas Romanas como el Palacio del Caballero fueran tan poco conocidos me explicaron que, al ser iniciativas básicamente locales, la Junta no se esforzaba mucho, y que toda la promoción se hacía con sus escasos medios y con el boca a boca.
Y lo mismo reza para el fantástico Parque Temático del Mudéjar, también en Olmedo. Dicho así puede sonar aburrido, pero nada más lejos de la realidad. Es un parque en el que hay reproducciones a escala 1:8 de muchos monumentos mudéjares, incluídos castillos en los que se puede entrar o, en mi caso, intentarlo. Es la obra de un artesano que reproduce ladrillito a ladrillito (que hace él mismo) todos los monumentos, y que se ubican en parque lleno de cursos de agua, arbolado y zonas de recreo y descanso que hacen la visita muy agradable.
En verdad llama la atención un detalle: no he encontrado en Valladolid una guía diferente a las dos que compré en Madrid, y esto es extraño, ya que lo habitual es encontrar en tu destino guías y libros de difusión local que complementan los que traes de fuera. Las obras que hay son estudios históricos y fotográficos de la zona, orientada más a residentes y a estudiosos que a visitantes.
Terminamos el día cenando de tapas: siguendo un sabio consejo fuimos a Los Zagales, justamente afamado establecimiento con muchos premios por sus originales tapas, y de tapas cenamos: bolsa de pan (bocadillito de calamares en una bolsita comestible), Obama en la Casa Blanca (huevo, cebolla tintada de negro, boletus y pan en un recipiente blanco semiesférico), Tigretostón (versión de pan negro del popular bollito), tierra, mar y aire (pincho de calamar, crema de pimiento y nube de CO2)...
jueves, 2 de mayo de 2013
Un viaje a Valladolid (IV)
El museo es impresionante, tanto por cantidad como por la calidad de las presentaciones: harían falta varios días para poder apreciarlo en toda su extensión como es debido. Destacan las salas dedicadas a China, sin que las de Filipinas y Japón se queden atrás. No ha sido fácil decidirse: tras una visita fallida en la que ni siquiera contestaron al timbre fue necesaria una llamada telefónica para confirmar el horario y la disponibilidad.
A la salida aprovechamos el buen día para recorrer el Campo Grande: multitud de estanques y de aves por todas partes, sobre todo pavos reales que no paraban de exhibirse ni de chillar, amén de tres enormes pajareras, y todo ello en un entorno boscoso difícilmente asimilable al interior de una ciudad. Acompañamos un rato a la manifestación del primero de mayo de camino a la Casa Museo de Cervantes... cerrada, así que probamos suerte en el Museo de Arte Contemporáneo Español. Está situado en el llamado Patio Herreriano, anexo a la Iglesia de San Benito. Esta imponente iglesia, de construcción muy sólida y aérea, destaca aún más por estar casi vacía: su magnífico retablo se expone troceado en el Museo Nacional de Escultura. El museo se desarrolla alrededor de unos patios y la edificación respeta y complementa la obra existente, dando lugar, de nuevo, a un museo muy agradable de visitar y con sorpresas en cada sala. Eso cuando consigues llegar, claro: de nuevo falta la más mínima indicación.
Y esto me lleva a plantearme un rasgo del carácter vallisoletano en lo que respecta al trato al visitante. Están muy orgullosos de su patrimonio, lo cuidan y empiezan a darlo a conocer, pero no lo venden. Si uno está interesado se tiene que molestar en enterarse de lo que quiere, empezando por la propia Oficina de Turismo y siguiendo por la ausencia de indicaciones dentro de la ciudad. Si preguntas te ayudarán encantados, y una vez en el sitio se desvivirán por atenderte, pero el esfuerzo tienes que hacerlo tú: no te lo van a poner en bandeja ni a afear la ciudad con carteles para tu comodidad. Ignoro si en otros aspectos de la vida actúan de la misma forma, pero esta actitud con el turismo... me gusta, decididamente.
Intentamos comer en La parrilla de San Lorenzo, imposible sin reserva en un día festivo: al menos nos dieron una tarjeta para llamar otro día. Probamos en La Criolla, otra vez en la calle del Correo: lleno pero sin problemas: trabajan muy bien y deprisa sin dar sensación de agobio; la carta es variada y con muchas ofertas y el precio razonable. Cayeron una menestra de verduras de temporada, carrilladas de buey, pastel de lechazo, hojaldre tradicional y arroz con leche con helado de queso. Un sitio para volver
Tarde tranquila que aprovechamos paseando por las orillas del Pisuerga, muy bien aprovechadas para el ocio y el paseo. Por cierto, en cuanto mejora el tiempo, la gente abarrota las calles, tan vacías y solitarias cuando llovía, y hasta bastante tarde.
miércoles, 1 de mayo de 2013
Un viaje a Valladolid (III)
Lo primero de todo es saber dónde está, ya que no hay ninguna orientación por las calles: la referencia es el Colegio de San Gregorio, que junto al Palacio de Villena y la Casa del Sol de la misma calle conforman el museo. Llama la atención nada más entrar lo cuidado del diseño y de los acabados, que ofrecen amplitud y comodidad sin desmerecer el entorno: sin duda un planteamiento digno de cualquier museo en cualquier país. Y esto me lleva a preguntarme ¿por qué no hay más facilidades para el viajero? La respuesta posiblemente mañana, tras la visita correspondiente y si se confirman mis sospechas. Porque visitamos al salir la plaza del Coso: una placita sobre un antiguo coso taurino, remodelada como una corrala redonda de tres pisos de altura centrada por un jardín, y a la que se llega después de una detenida búsqueda y de probar varias posibles entradas: de nuevo, ni una sola señal.
Debo confesar que el arte no es lo mío: me debe faltar algo de serie para apreciar toda su belleza y trascendencia, mientras que la tecnología me cautiva aunque no la entienda del todo. Sin embargo, este museo tiene algo especial, quizá la proximidad de las piezas, lo cuidado de la exposición, lo documentado de las explicaciones, la amabilidad del personal o una mezcla de todo ello, hasta el punto de haber disfrutado mucho con la visita. Tanto, tanto que no hemos llegado a tiempo para ver la Catedral: la mayor parte de los sitios visitables cierra durante la comida (y la sobremesa).
Como no queríamos irnos muy lejos a comer para poder hacer la visita por la tarde, elegimos una recomendación de la guía: el restaurante Gabino, sito en la calle Angustias 3, en un primer piso al que se accede por una crujiente escalera de madera de casa de vecinos. Porque es, en efecto, eso mismo: uno o dos pisos de una casa antigua acondicionados como restaurante, pero con mucho gusto y acierto. El trato es exquisito, la comida sorprendente y el precio ajustado; se puede comer a la carta o elegir entre tres menús de diferente precio. Pedimos carpaccio de langostino con boletus, saquitos de morcilla de Cigales, carrillada de ternera y entrecot; los postres y la copita, a cuenta de la casa. Un sitio muy, muy recomendable.
La Catedral está sin acabar: el proyecto original apenas se cumplió en un tercio y para colmo de males una de las torres se desplomó a causa del terremoto de Lisboa. Y eso se nota al entrar en la nave: da sensación de inacabada, con proporciones que chocan y con muy poca luz. Sin embargo, el Museo Catedralicio es otra historia: se inauguró en 1.995 y se construyó sobre los restos existentes de los siglos XI al XV. Es amplio y luminoso, y da una idea de lo que la Catedral podría haber llegado a ser. La exposición es diferente a las de la mayoría de los museos catedralicios: bien diseñada y distribuida, sin excesos, invita a recorrerla y a fijarse en cada detalle.
Tras un merecido descanso salimos a dar un paseo y a cenar de tapas en La Balconada, de nuevo en la calle del Correo. Esta calle es todo un descubrimiento. Mañana es primero de mayo: ya veremos qué nos dejan hacer.
Un viaje a Valladolid (II)
Sigue haciendo frío y llueve, con el agravante de que por ser lunes están casi todos los sitios visitables cerrados. Nos acercamos a la oficina de información de turismo y nos llama la atención que es de autoservicio: las personas al cargo están dentro, en unas mesas, por si se te ofrece algo, pero no te reciben. Es chocante, pero creo que casa con el carácter de esta ciudad y que empiezo a entrever; lo confirmaré (o no) en próximas entradas.
Cuando toca hacer turismo a pie con mal tiempo pasan dos cosas: entras en cualquier sitio con cualquier excusa, desde una exposición a El Corte Inglés, para entrar en calor, y caminas con la cabeza baja, y te pierdes muchas cosas. Aún así, la ciudad tiene ese aire especial que solo la lluvia puede dar, esa sensación indefinible de melancolía mezclada con prisas.
Buscando el famoso restaurante El Caballo de Troya encontramos Las Cuevas (calle del Correo, 4), un sitio tradicional al que se accede por unas escaleras y que te transporta a primeros del siglo pasado. La cocina es típica castellana: sopas castellana o de pescado, rabo de buey, chuletillas de lechazo, postres caseros y café de puchero. Al pedir un cortado, el camarero dijo: "Le pongo leche desnatada"... y añadió un chorrito de aguardiente de orujo. Tenía razón: no hacía falta leche.
Por la tarde, y aprovechando que llovía menos, paseamos por el Campo Grande, lleno de aves y con unas enormes pajareras donde conviven desde faisanes a periquitos, pasando por gallinas calzadas, cotorritas y un sin fin de pájaros que no se dejaban identificar. Pensamos acercarnos al río, pero el tiempo acompañaba cada vez menos, así que buscamos para cenar una marisquería muy popular: La Mejillonera, con raciones de marisco muy bien hechas y a buen precio. Sin ganas de pasar más frío, decidimos tomar una infusión y una copita ya en el bar del hotel, muy agradable.
Mañana hará mejor tiempo y estará todo abierto...