En el segundo día de excursiones toca visitar el lago de Como. Es un gran lago, no el más grande, situado a los pies de los Alpes, con forma de "Y" invertida. Vamos a llegar a Como en tren y luego iremos en barco hasta Bellaggio, lo que supone ir del extremo de una de las ramas hasta el centro, y volveremos en autobús. Hay quien recomienda alquilar un coche en Como e ir por carretera, pero esto plantea dos problemas: las carreteras son muy estrechas y sinuosas y requieren toda la atención del conductor, y por otro lado, buena parte del camino discurre entre casas o muros.
El tren está bien: es cómodo, pero para en todas las estaciones, por lo que se tarda una hora en recorrer un trayecto de apenas 25 minutos. Esta vez no hay dudas: para subir al tren hay que pasar por un control electrónico que valida el billete. La estación de Como Lago está muy cerca del muelle, así que el transbordo es rápido y bien coordinado. El lago es inmenso y hasta Bellaggio se tardan dos horas, ya que va parando en casi todos los pueblos. Estos pueblos son pequeños y están pegados unos a otros, sobre laderas muy escarpadas, pero cada uno tiene su hotel, su iglesia con campanario, sus edificios representativos y sus accesos al lago, algunos incluso con playitas; hay un servicio de taxis de agua, algunos muy modernos y otros de diseño retro, de madera brillante y aspecto deportivo.
Llegamos a Bellaggio a la hora de comer, así que elegimos un restaurante al pie del agua, con una vista increíble del lago, las montañas aledañas, el trajín de los barcos y aves de todo tipo que venían a comer con nosotros: patos, córvidos, gaviotas, palomas, descarados gorriones... Luego, a visitar el pueblo: tiene un par calles estrechas que suben a la parte alta; en todas ellas hay comercios de todo tipo donde se pueden comprar desde ropa a figuras de cristal, sin olvidar tiendas de moda a lo largo de todo el paseo del lago. No es Bérgamo, pero tiene su encanto propio, además del entorno. Nunca había estado en un sitio como éste, tan bonito al pie de las montañas.
La vuelta, en autobús: apenas tarda una hora, y sigo sin entender como podía pasar por según que sitios donde parecía imposible que cupieran dos vehículos. Tanto las edificaciones como los habitantes están acostumbrados a vivir en unas laderas empinadísimas y a manejarse en espacios realmente estrechos.
Cenamos de nuevo en la vía Mercanti, pero esta vez los mosquitos nos echaron materialmente antes del postre, así que tomamos un helado en la plaza del Duomo y pudimos contemplar las vidrieras de la catedral iluminadas desde dentro. Hay una gran cantidad de gente y un enorme bullicio, que no parece justificado sdolo por ser jueves. Gran ciudad ésta.
Como es uno de los lugares a los que intentamos ir sin éxito porque no había hoteles disponibles. Ahora sólo debo convencer a House de nuevo para que vayamos y tu entrada me supondrá una gran ayuda.
ResponderEliminarMuchos besos: Sol