viernes, 5 de julio de 2013

Un viaje a Milán (III)

Una vez más, los tapones para los oídos han sido unos buenos aliados del sueño. La calle es algo ruidosa, no tanto como era de esperar, y las ventanas son buenas, cosa no habitual. Pero el Metro se nota y mucho, incluso con vibración; afortunadamente, descansa de medianoche hasta las seis.

Hoy toca visitar el castillo Sforza y el parque Sempione adosado a él. El Metro nos lleva de puerta a puerta, así que podemos dedicarle todo nuestro tiempo. De entrada impresionan sus proporciones y su buen estado de conservación, explicado en parte por las muchas reconstrucciones que ha sufrido tras accidentes, explosiones y bombardeos. Tiene una gran exposición museística muy variada: pinacoteca, arte en general, historia militar, instrumentos musicales... todo ello estructurado de una forma amena y que facilita el recorrido, recorrido que se complementa con los caminos y pasadizos del propio castillo. Las diferentes horas del día ofrecen unos cambios de luz muy interesantes de cara a las fotografías: vale la pena volver a pasar por las zonas que más nos hayan gustado para calibrar las diferencias.

Justo detrás del castillo está el parque Sempione, muy grande (47 Ha) y agradable de recorrer hasta su otro extremo, donde está el Arco de la Paz, construido a semejanza del arco de triunfo de Trajano y desde donde se origina el Corso Sempione, un intento de rememorar los Campos Elíseos.

Como quedaban cosas por hacer decidimos comer en un bar cerca de la estación de Cadorna, correcto y lleno de ejecutivos locales y de paso. Aprovechamos para sacar los billetes de pasado mañaña a Como y nos dejamos caer por el Museo Arqueológico, que es donde más restos romanos podemos encontrar. Y ya que está en el Corso Magenta, calle de tiendas y casa nobles, pues a disfrutar el paseo y luego a culturizarnos.

El museo está muy bien diseñado; situado sobre ruinas y al lado de lo que fue una de las torres de la muralla romana, abarca hasta la Alta Edad Media. Eso sí, cazamos un error de bulto en varios mapas: el Ebro está sin nombre y el Ródano está marcado como Ebro.

Como sobraba tiempo volvimos al parque Sempione y subimos (en ascensor, faltaría más) los 108 metros de la Torre Branca, antigua torre de comunicaciones y que ofrece una panorámica completa de todo Milán.

Rematamos cenando de nuevo en la Galería; tendremos que ir probando la mayoría der los restaurantes, ya que el entorno, la atención y la carta los hacen muy recomendables.

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