jueves, 2 de mayo de 2013

Un viaje a Valladolid (IV)

Amanece un día fresco pero con sol a ratos y que invita a salir, así que empezamos con un corto paseo hasta el Museo Oriental, sito en el Real Colegio de los PP. Agustinos, con una larga tradición evangelizadora en Asia.

El museo es impresionante, tanto por cantidad como por la calidad de las presentaciones: harían falta varios días para poder apreciarlo en toda su extensión como es debido. Destacan las salas dedicadas a China, sin que las de Filipinas y Japón se queden atrás. No ha sido fácil decidirse: tras una visita fallida en la que ni siquiera contestaron al timbre fue necesaria una llamada telefónica para confirmar el horario y la disponibilidad.

A la salida aprovechamos el buen día para recorrer el Campo Grande: multitud de estanques y de aves por todas partes, sobre todo pavos reales que no paraban de exhibirse ni de chillar, amén de tres enormes pajareras, y todo ello en un entorno boscoso difícilmente asimilable al interior de una ciudad. Acompañamos un rato a la manifestación del primero de mayo de camino a la Casa Museo de Cervantes... cerrada, así que probamos suerte en el Museo de Arte Contemporáneo Español. Está situado en el llamado Patio Herreriano, anexo a la Iglesia de San Benito. Esta imponente iglesia, de construcción muy sólida y aérea, destaca aún más por estar casi vacía: su magnífico retablo se expone troceado en el Museo Nacional de Escultura. El museo se desarrolla alrededor de unos patios y la edificación respeta y complementa la obra existente, dando lugar, de nuevo, a un museo muy agradable de visitar y con sorpresas en cada sala. Eso cuando consigues llegar, claro: de nuevo falta la más mínima indicación.

Y esto me lleva a plantearme un rasgo del carácter vallisoletano en lo que respecta al trato al visitante. Están muy orgullosos de su patrimonio, lo cuidan y empiezan a darlo a conocer, pero no lo venden. Si uno está interesado se tiene que molestar en enterarse de lo que quiere, empezando por la propia Oficina de Turismo y siguiendo por la ausencia de indicaciones dentro de la ciudad. Si preguntas te ayudarán encantados, y una vez en el sitio se desvivirán por atenderte, pero el esfuerzo tienes que hacerlo tú: no te lo van a poner en bandeja ni a afear la ciudad con carteles para tu comodidad. Ignoro si en otros aspectos de la vida actúan de la misma forma, pero esta actitud con el turismo... me gusta, decididamente.

Intentamos comer en La parrilla de San Lorenzo, imposible sin reserva en un día festivo: al menos nos dieron una tarjeta para llamar otro día. Probamos en La Criolla, otra vez en la calle del Correo: lleno pero sin problemas: trabajan muy bien y deprisa sin dar sensación de agobio; la carta es variada y con muchas ofertas y el precio razonable. Cayeron una menestra de verduras de temporada, carrilladas de buey, pastel de lechazo, hojaldre tradicional y arroz con leche con helado de queso. Un sitio para volver

Tarde tranquila que aprovechamos paseando por las orillas del Pisuerga, muy bien aprovechadas para el ocio y el paseo. Por cierto, en cuanto mejora el tiempo, la gente abarrota las calles, tan vacías y solitarias cuando llovía, y hasta bastante tarde.

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