miércoles, 1 de mayo de 2013

Un viaje a Valladolid (III)

Bueeeno... ¡hoy no llueve! Sigue haciendo frío, eso sí, pero apenas sopla el viento. Es un placer caminar por la calle pudiendo levantar la cabeza y ver las fachadas con sus balconadas acristaladas y  la decoración multicolor de muchas de ellas. Vamos a dar un paseo hasta el Museo Nacional de Escultura.

Lo primero de todo es saber dónde está, ya que no hay ninguna orientación por las calles: la referencia es el Colegio de San Gregorio, que junto al Palacio de Villena y la Casa del Sol de la misma calle conforman el museo. Llama la atención nada más entrar lo cuidado del diseño y de los acabados, que ofrecen amplitud y comodidad sin desmerecer el entorno: sin duda un planteamiento digno de cualquier museo en cualquier país. Y esto me lleva a preguntarme ¿por qué no hay más facilidades para el viajero? La respuesta posiblemente mañana, tras la visita correspondiente y si se confirman mis sospechas. Porque visitamos al salir la plaza del Coso: una placita sobre un antiguo coso taurino, remodelada como una corrala redonda de tres pisos de altura centrada por un jardín, y a la que se llega después de una detenida búsqueda y de probar varias posibles entradas: de nuevo, ni una sola señal.

Debo confesar que el arte no es lo mío: me debe faltar algo de serie para apreciar toda su belleza y trascendencia, mientras que la tecnología me cautiva aunque no la entienda del todo. Sin embargo, este museo tiene algo especial, quizá la proximidad de las piezas, lo cuidado de la exposición, lo documentado de las explicaciones, la amabilidad del personal o una mezcla de todo ello, hasta el punto de haber disfrutado mucho con la visita. Tanto, tanto que no hemos llegado a tiempo para ver la Catedral: la mayor parte de los sitios visitables cierra durante la comida (y la sobremesa).

Como no queríamos irnos muy lejos a comer para poder hacer la visita por la tarde, elegimos una recomendación de la guía: el restaurante Gabino, sito en la calle Angustias 3, en un primer piso al que se accede por una crujiente escalera de madera de casa de vecinos. Porque es, en efecto, eso mismo: uno o dos pisos de una casa antigua acondicionados como restaurante, pero con mucho gusto y acierto. El trato es exquisito, la comida sorprendente y el precio ajustado; se puede comer a la carta o elegir entre tres menús de diferente precio. Pedimos carpaccio de langostino con boletus, saquitos de morcilla de Cigales, carrillada de ternera y entrecot; los postres y la copita, a cuenta de la casa. Un sitio muy, muy recomendable.

La Catedral está sin acabar: el proyecto original apenas se cumplió en un tercio y para colmo de males una de las torres se desplomó a causa del terremoto de Lisboa. Y eso se nota al entrar en la nave: da sensación de inacabada, con proporciones que chocan y con muy poca luz. Sin embargo, el Museo Catedralicio es otra historia: se inauguró en 1.995 y se construyó sobre los restos existentes de los siglos XI al XV. Es amplio y luminoso, y da una idea de lo que la Catedral podría haber llegado a ser. La exposición es diferente a las de la mayoría de los museos catedralicios: bien diseñada y distribuida, sin excesos, invita a recorrerla y a fijarse en cada detalle.

Tras un merecido descanso salimos a dar un paseo y a cenar de tapas en La Balconada, de nuevo en la calle del Correo. Esta calle es todo un descubrimiento. Mañana es primero de mayo: ya veremos qué nos dejan hacer.

1 comentario:

  1. Viví 4 años en Valladolid, al lado de la Plaza del Poniente. Allí encontraréis la pastelería Maro Vallés que es lo mejor de lo mejor: las pastas, los bombones, los pasteles (increíbles los de arroz), la nata y la increíble tarta de manzana. Buscad un bar de tapas que se llama Los Zagales donde tienen varias tapas premiadas. Mi madre recomienda el Tigretón (y no es un postre). Besos y disfrutad: Sol.

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