sábado, 6 de julio de 2013

Un viaje a Milán (V)

En el segundo día de excursiones toca visitar el lago de Como. Es un gran lago, no el más grande, situado a los pies de los Alpes, con forma de "Y" invertida. Vamos a llegar a Como en tren y luego iremos en barco hasta Bellaggio, lo que supone ir del extremo de una de las ramas hasta el centro, y volveremos en autobús. Hay quien recomienda alquilar un coche en Como e ir por carretera, pero esto plantea dos problemas: las carreteras son muy estrechas y sinuosas y requieren toda la atención del conductor, y por otro lado, buena parte del camino discurre entre casas o muros.

El tren está bien: es cómodo, pero para en todas las estaciones, por lo que se tarda una hora en recorrer un trayecto de apenas 25 minutos. Esta vez no hay dudas: para subir al tren hay que pasar por un control electrónico que valida el billete. La estación de Como Lago está muy cerca del muelle, así que el transbordo es rápido y bien coordinado. El lago es inmenso y hasta Bellaggio se tardan dos horas, ya que va parando en casi todos los pueblos. Estos pueblos son pequeños y están pegados unos a otros, sobre laderas muy escarpadas, pero cada uno tiene su hotel, su iglesia con campanario, sus edificios representativos y sus accesos al lago, algunos incluso con playitas; hay un servicio de taxis de agua, algunos muy modernos y otros de diseño retro, de madera brillante y aspecto deportivo.

Llegamos a Bellaggio a la hora de comer, así que elegimos un restaurante al pie del agua, con una vista increíble del lago, las montañas aledañas, el trajín de los barcos y aves de todo tipo que venían a comer con nosotros: patos, córvidos, gaviotas, palomas, descarados gorriones... Luego, a visitar el pueblo: tiene un par calles estrechas que suben a la parte alta; en todas ellas hay comercios de todo tipo donde se pueden comprar desde ropa a figuras de cristal, sin olvidar tiendas de moda a lo largo de todo el paseo del lago. No es Bérgamo, pero tiene su encanto propio, además del entorno. Nunca había estado en un sitio como éste, tan bonito al pie de las montañas.

La vuelta, en autobús: apenas tarda una hora, y sigo sin entender como podía pasar por según que sitios donde parecía imposible que cupieran dos vehículos. Tanto las edificaciones como los habitantes están acostumbrados a vivir en unas laderas empinadísimas y a manejarse en espacios realmente estrechos.

Cenamos de nuevo en la vía Mercanti, pero esta vez los mosquitos nos echaron materialmente antes del postre, así que tomamos un helado en la plaza del Duomo y pudimos contemplar las vidrieras de la catedral iluminadas desde dentro. Hay una gran cantidad de gente y un enorme bullicio, que no parece justificado sdolo por ser jueves. Gran ciudad ésta.

 

viernes, 5 de julio de 2013

Un viaje a Milán (IV)

Hoy toca viajar a Bérgamo, recomendadísimo en todas las guías. Además, el tren sale de la Estación Central, que se encuentra a un paseo del hotel, así que más fácil, imposible... o eso parecía.

Para sacar los billetes hay dos alternativas: una cola inmensa, con número pero lentísima, o las máquinas expendedoras, de manejo nada sencillo y que, por ejemplo, no aceptan tarjetas una vez casi completado todo el proceso. A pagar en efectivo, pues, y al tren, que ya está en la vía. Un buen viaje y al llegar hay que coger un autobús que sube hasta la ciudad vieja, la que interesa conocer. Como en todo este viaje,los billetes se compran no en el autobús, sino en los bares o estancos: carrerita hasta el más cercano. Eso sí, a mitad de la subida vemos el funicular, así que nos bajamos y lo cogemos con el mismo billete, y nos deja en el mismo recinto amurallado.

La ciudad tiene un gran encanto. Es una ciudad muy antigua y sobre todo de factura medieval, situada en un punto estratégico y rodeada por una impresionante muralla. Cualquiera de sus calles te lleva muchos siglos atrás, pero la Piazza Vecchia es algo espectacular: en un espacio muy reducido aparecen casas, el Ayuntamiento, dos palacios, una capilla, una catedral, un oratorio y una basílica, cada una de un estilo y a cual más llamativa. Visitas obligadas: Duomo, Santa María la Maggiore, Palacio, La Roca... y calles, muchas calles empedradas e increíbles. Hay mucha actividad comercial y cultural, y hasta un importante teatro.

Sitios para comer hay muchos, pero nos dimos el gusto de hacerlo en la misma Plazza Vecchia, en La Taberna del Colleoni d'Angelo: un lujo de sitio y una comida increíble.

A la vuelta, pequeño problema en el tren. Resulta que no basta con sacar el billete, sino que hay que validarlo antes de subir al tren. Ciertamente lo pone en el billete, chiquitito para que no se vea, y la validación consiste en meterlo en una máquina que le imprime la fecha y la hora. Nada más que eso: no registra cuanta gente sube al tren ni sirve para nada más. El revisor nos impuso una multa de 5€; extraña que el revisor de la ida no pusiera ninguna pega, pero así son las cosas.

Cenamos en la Gallería, en un pequeño restaurante llamado La Locanda del Gatto Rosso: una carta variada, de muy buena calidad y un servicio esmerado. El punto negro lo puso una familia con dos hijos: unos de unos 5 años y otro de unos 11. El pequeño era un trasto descontrolado y el mayor, simplemente un cerdo: comía con las manos, se pringaba la ropa, dejaba los trozos que no le gustaban encima del mantel y cogía con los dedos la comida del plato de su hermano. Y los padres, a lo suyo y como si no fuera con ellos; el padre bebía a morro de la botella y la madre tonteaba con el móvil. El camarero, un señor donde los haya, se esforzaba en poner un poco de orden de manera exquisita y se le oía exclamar "¡Santa Madonna!". Eso sí: dinero y ostentación, todos.

A pesar de todo, un día fantástico y un viaje muy recomendable.

Un viaje a Milán (III)

Una vez más, los tapones para los oídos han sido unos buenos aliados del sueño. La calle es algo ruidosa, no tanto como era de esperar, y las ventanas son buenas, cosa no habitual. Pero el Metro se nota y mucho, incluso con vibración; afortunadamente, descansa de medianoche hasta las seis.

Hoy toca visitar el castillo Sforza y el parque Sempione adosado a él. El Metro nos lleva de puerta a puerta, así que podemos dedicarle todo nuestro tiempo. De entrada impresionan sus proporciones y su buen estado de conservación, explicado en parte por las muchas reconstrucciones que ha sufrido tras accidentes, explosiones y bombardeos. Tiene una gran exposición museística muy variada: pinacoteca, arte en general, historia militar, instrumentos musicales... todo ello estructurado de una forma amena y que facilita el recorrido, recorrido que se complementa con los caminos y pasadizos del propio castillo. Las diferentes horas del día ofrecen unos cambios de luz muy interesantes de cara a las fotografías: vale la pena volver a pasar por las zonas que más nos hayan gustado para calibrar las diferencias.

Justo detrás del castillo está el parque Sempione, muy grande (47 Ha) y agradable de recorrer hasta su otro extremo, donde está el Arco de la Paz, construido a semejanza del arco de triunfo de Trajano y desde donde se origina el Corso Sempione, un intento de rememorar los Campos Elíseos.

Como quedaban cosas por hacer decidimos comer en un bar cerca de la estación de Cadorna, correcto y lleno de ejecutivos locales y de paso. Aprovechamos para sacar los billetes de pasado mañaña a Como y nos dejamos caer por el Museo Arqueológico, que es donde más restos romanos podemos encontrar. Y ya que está en el Corso Magenta, calle de tiendas y casa nobles, pues a disfrutar el paseo y luego a culturizarnos.

El museo está muy bien diseñado; situado sobre ruinas y al lado de lo que fue una de las torres de la muralla romana, abarca hasta la Alta Edad Media. Eso sí, cazamos un error de bulto en varios mapas: el Ebro está sin nombre y el Ródano está marcado como Ebro.

Como sobraba tiempo volvimos al parque Sempione y subimos (en ascensor, faltaría más) los 108 metros de la Torre Branca, antigua torre de comunicaciones y que ofrece una panorámica completa de todo Milán.

Rematamos cenando de nuevo en la Galería; tendremos que ir probando la mayoría der los restaurantes, ya que el entorno, la atención y la carta los hacen muy recomendables.

jueves, 4 de julio de 2013

Un viaje a Milán (II)

Tras una buena noche y un estupendo desayuno buffet en la terraza del hotel nos disponemos a atacar la catedral del Duomo.

Impresiona su interior, robusto (52 pilares nada menos, uno por cada semana del año) pero nada pesado, muy luminoso y muy, muy grande: es la tercera catedral del mundo en tamaño, por detrás solo de San Pedro del Vaticano y de la catedral de Sevilla. Si quieres hacer fotos tienes que pagar por un brazalete azul que te autoriza a ello, siempre sin flash ni trípode, por supuesto.

Pero lo más espectacular es la visita al tejado, acondicionado para ello y para espectáculos audiovisuales. Es una verdadera jungla de agujas y figuras de piedra, cientos, miles en realidad, y habría que subir varias veces para apreciarlo en todo su valor... en ascensor, claro, que estamos de vacaciones. Gracias al muy buen día que disfrutamos teníamos una panorámica de todo Milán impagable.

La comida, en la galería Vittorio Emmanuelle II, donde hay varios sitios, no baratos pero tampoco prohibitivos, con muy buena atención y platos muy conseguidos. En cualquier caso, tampoco estábamos para buscar mucho, que aún se nota el cansancio. Y ya que nos pilla al lado, una obligada visita al teatro de La Scala, donde recorrimos el museo y pudimos acceder a los palcos, y hasta vimos una obra... en realidad había un montón de obreros, técnicos, grúas y camionetas montando una gran escenografía. Pero es una obra, ¿o no?

Y aunque pillaba algo lejos nos acercamos a la Ca' Grande, enorme edificio que ha albergado desde hospicios hasta hospitales de pobres y que hoy es la sede de la Universidad. Vamos, que a lo tonto hemos andado mucho más de lo inicialmente previsto para el día. Rematamos cenando de picoteo en la vía Mercatori: nosotros cenamos y los mosquitos nos picaron a base de bien. Curiosamente no hemos encontrado mosquitos más que aquí: esperemos que no sea el preludio.

 

martes, 2 de julio de 2013

Un viaje a Milán (I)

Bueno, henos aquí de nuevo, prestos a comenzar otro viaje. Nada de grandes aventuras ni de circuitos largos y complicados: esta vez toca Milán y alrededores, en plan tranquilo, que llegamos a estas fechas con mucho cansancio y mucha sobrecarga por un cúmulo de circunstancias familiares, laborales, sociales... y es cuestión de intentar desconectar y de tomárselo con calma.

Empezamos por el avión, de Iberia y en la T4. Me encanta volar pero detesto viajar en avión: prefiero el tren o, mejor aún, el coche, así que me lo tomo con resignación. Esta vez salimos a las 12, sin necesidad de madrugones pretendidamente para ganar un día: con lo cansado que llegas, lo acabas perdiendo. Ya en Barajas, el primer contratiempo: inmensas colas para los mostradores de facturación anunciados en los paneles, así que resignación... y mucha paciencia, porque al llegar casi a la meta apareció un individuo malencarado que nos ladró que esa cola era para los que ya tenían la pegatina de la maleta y la tarjeta de embarque.

- Y eso, ¿cómo hay que hacerlo?

- Pues en las máquinas rojas, claro.

- Entonces, ¿tengo que abandonar la cola, esperar en la máquina roja y hacer otra cola para facturar?

- Claro.

- ¿Y por qué no lo explican antes?

- ...

Lo peor fue que la señora que me antecedía, francesa ella, no se enteraba de nada, y no hacía más que intentar hacerse entender por el individuo en cuestión, que pasaba de ella olímpicamente. Tuve que traducirle la situación y orientarla.

La verdad es que una vez puestos en el camino correcto, el sistema está muy bien, pero podrían explicarlo. Las otras tres personas con las que hablé, encantadoras, me confirmaron que estaban teniendo muchos problemas por este motivo y que ya lo habían comunicado sin éxito alguno.

Una vez en Milán, muy bien todo. Cogimos un taxi desde el aeropuerto de Malpensa, que no estábamos para arrastrar maletas por el tren y por la calle, llegamos al hotel, salimos a meriendocomer y nos bajamos a la plaza del pueblo, o sea, al Duomo, a empezar a conocer el sitio y hacernos con los transportes. La primera impresión ha sido muy favorable: una ciudad cosmopolita, activa sin agobiar, acogedora, luminosa y aparentemente asequible. Dado que comimos tarde (y bien), decidimos tomar un simple helado para cenar y no demorar el descanso, que arrastramos mucho de antes del viaje.


A la vista de lo leído en las guías (esta vez solo son tres), hay muchísimo que ver y que hacer, lo que unido a nuestra parsimonia y a nuestras ganas de profundizar en los detalles augura que tendremos que volver. En fin, mañana será otro día.

martes, 7 de mayo de 2013

Un viaje a Valladolid ( y VI)

El último día completo amanece radiante, y las calles están llenitas de gente. ¿Dónde estaban todos cuando hacía frío? Porque están en la calle a todas horas, aunque sea día laborable, y abarrotan las terrazas a poco sol que salga

Decidimos empezar por el parque del Campo Grande, bien provistos de galletas para los pájaros, los pavos, los patos, las ardillas... Es estupendo ver cómo se acercan a pedir comida con total confianza: esto dice mucho de la educación de la gente. Y me sigue sorprendiendo el parque en sí mismo, con su frondosidad y su silencio, pavos aparte, en mitad de la ciudad.

Visitamos la casa museo de Cervantes y el museo del Monasterio de Santa Ana, ambos pequeños y ambos, como es la tónica aquí, muy bien estructurados y llevados. Además, conseguimos ver por dentro las iglesias de San Benito y de María la Antigua. Estas iglesias solo pueden visitarse poca antes y poco después de cada misa: de hecho, van apagando las luces y dirigiendo al público a la salida unos diez minutos después.

La comida, con reserva, en La parrilla de San Lorenzo. Además de comer bien, la sensación que transmite es de calidad, de compromiso de todos y cada uno de las personas con el fin último: que pases un rato inolvidable. Tulipa de boletus con foie, lechazo asado, solomillo de ternera, tarat de las monjas (extraordinaria) y flan casero

Tuvimos la ocasión de ver la salida procesional de la Vera Cruz, sobria como ella sola y con enorme afluencia de un público silencioso y respetuoso. Luego repetimos cena de tapas en Los Zagales, y eso no solemos hacerlo, pero es que el sitio y la comida lo merecen.

Y la última mañana la dedicamos a las compras: quesos, dulces, y algún recuerdo; a callejear y a comer en El Caballo de Troya, otro sitio muy recomendable, con un comedor y una cocina estupendos, aunque la gente tira más por su taberna: quedará para la próxima vez. Cayeron entrecôt de ternera, carrilladas de buey, alcachofas con jamón ibérico, flan y leche frita.

Porque habrá próxima vez. Valladolid tiene muchos encantos, unos conocidos y otros algo más ocultos, y es una de esas ciudades donde vale la pena estar por el mero hecho de estar, caminado o sentado en una terraza, de compras o visitando exposiciones. Y sus gentes son muy formales, muy cordiales con apenas un punto de reserva, educadas y cultas y muy respetuosas con los demás y con su entorno. Y además está cerca y bien comunicado por carretera y por AVE: ¿qué más se puede pedir?

viernes, 3 de mayo de 2013

Un viaje a Valladolid (V)

Hoy tocaba salir de Valladolid. Destino: el Museo de las Villas Romanas en Almenara - Puras, a unos 45 km por la N-601. Me encanta el mundo romano, pero tampoco es cuestión de darse y dar la paliza recorriendo ruinas y yacimientos. Encontré esta referencia al bajar una aplicación de turismo vallisoletano y parecía una buena opción. Y lo fue, sin duda.

Sobre los restos de una villa romana, complejo de vivienda y explotación agropecuaria que junto con los campamentos militares fue el germen de muchas ciudades actuales, han levantado un complejo que incluye un museo, un a modo de enorme hangar que cubre todo el yacimiento, perfectamente restaurado y con una pasarela elevada que lo recorre, la reproducción de la vivienda y una zona de juegos infantiles ambientada en la época; como añadido inesperado tocaba una representación de un pequeño "sainete romano"interpretado por actores aficionados de la vecina Olmedo. La visita es amena, agradable, entretenida y muy instructiva; sales con una idea muy clara de la vida de la época.

Como se hizo un poco tarde decidimos quedarnos a comer en Olmedo; tuvimos que esperar en Los Caballeros, pero valió la pena: parrillada de verduras, las mejores chuletitas de lechazo hasta el momento, postre de yogur y un increíble helado de manzana. Muy buen ambiente y muy buena cocina.

Y ya que estábamos aquí, qué menos que visitar el Palacio del Caballero de Olmedo: otra enorme sorpresa. Sobre el papel de las guías es la historia del relato de Lope ambientado en un recorrido por el Siglo de Oro; en realidad es un paseo por una serie de salas con unos medios audiovisuales, una narrativa y unas escenificaciones espectaculares y dignas de cualquier circuito turístico. Pregunté al salir cuanto tiempo llevaban abiertos: ocho años, me respondieron, y ante mi extrañeza de que tanto el Museo de las Villas Romanas como el Palacio del Caballero fueran tan poco conocidos me explicaron que, al ser iniciativas básicamente locales, la Junta no se esforzaba mucho, y que toda la promoción se hacía con sus escasos medios y con el boca a boca.

Y lo mismo reza para el fantástico Parque Temático del Mudéjar, también en Olmedo. Dicho así puede sonar aburrido, pero nada más lejos de la realidad. Es un parque en el que hay reproducciones a escala 1:8 de muchos monumentos mudéjares, incluídos castillos en los que se puede entrar o, en mi caso, intentarlo. Es la obra de un artesano que reproduce ladrillito a ladrillito (que hace él mismo) todos los monumentos, y que se ubican en parque lleno de cursos de agua, arbolado y zonas de recreo y descanso que hacen la visita muy agradable.

En verdad llama la atención un detalle: no he encontrado en Valladolid una guía diferente a las dos que compré en Madrid, y esto es extraño, ya que lo habitual es encontrar en tu destino guías y libros de difusión local que complementan los que traes de fuera. Las obras que hay son estudios históricos y fotográficos de la zona, orientada más a residentes y a estudiosos que a visitantes.

Terminamos el día cenando de tapas: siguendo un sabio consejo fuimos a Los Zagales, justamente afamado establecimiento con muchos premios por sus originales tapas, y de tapas cenamos: bolsa de pan (bocadillito de calamares en una bolsita comestible), Obama en la Casa Blanca (huevo, cebolla tintada de negro, boletus y pan en un recipiente blanco semiesférico), Tigretostón (versión de pan negro del popular bollito), tierra, mar y aire (pincho de calamar, crema de pimiento y nube de CO2)...