viernes, 5 de julio de 2013

Un viaje a Milán (IV)

Hoy toca viajar a Bérgamo, recomendadísimo en todas las guías. Además, el tren sale de la Estación Central, que se encuentra a un paseo del hotel, así que más fácil, imposible... o eso parecía.

Para sacar los billetes hay dos alternativas: una cola inmensa, con número pero lentísima, o las máquinas expendedoras, de manejo nada sencillo y que, por ejemplo, no aceptan tarjetas una vez casi completado todo el proceso. A pagar en efectivo, pues, y al tren, que ya está en la vía. Un buen viaje y al llegar hay que coger un autobús que sube hasta la ciudad vieja, la que interesa conocer. Como en todo este viaje,los billetes se compran no en el autobús, sino en los bares o estancos: carrerita hasta el más cercano. Eso sí, a mitad de la subida vemos el funicular, así que nos bajamos y lo cogemos con el mismo billete, y nos deja en el mismo recinto amurallado.

La ciudad tiene un gran encanto. Es una ciudad muy antigua y sobre todo de factura medieval, situada en un punto estratégico y rodeada por una impresionante muralla. Cualquiera de sus calles te lleva muchos siglos atrás, pero la Piazza Vecchia es algo espectacular: en un espacio muy reducido aparecen casas, el Ayuntamiento, dos palacios, una capilla, una catedral, un oratorio y una basílica, cada una de un estilo y a cual más llamativa. Visitas obligadas: Duomo, Santa María la Maggiore, Palacio, La Roca... y calles, muchas calles empedradas e increíbles. Hay mucha actividad comercial y cultural, y hasta un importante teatro.

Sitios para comer hay muchos, pero nos dimos el gusto de hacerlo en la misma Plazza Vecchia, en La Taberna del Colleoni d'Angelo: un lujo de sitio y una comida increíble.

A la vuelta, pequeño problema en el tren. Resulta que no basta con sacar el billete, sino que hay que validarlo antes de subir al tren. Ciertamente lo pone en el billete, chiquitito para que no se vea, y la validación consiste en meterlo en una máquina que le imprime la fecha y la hora. Nada más que eso: no registra cuanta gente sube al tren ni sirve para nada más. El revisor nos impuso una multa de 5€; extraña que el revisor de la ida no pusiera ninguna pega, pero así son las cosas.

Cenamos en la Gallería, en un pequeño restaurante llamado La Locanda del Gatto Rosso: una carta variada, de muy buena calidad y un servicio esmerado. El punto negro lo puso una familia con dos hijos: unos de unos 5 años y otro de unos 11. El pequeño era un trasto descontrolado y el mayor, simplemente un cerdo: comía con las manos, se pringaba la ropa, dejaba los trozos que no le gustaban encima del mantel y cogía con los dedos la comida del plato de su hermano. Y los padres, a lo suyo y como si no fuera con ellos; el padre bebía a morro de la botella y la madre tonteaba con el móvil. El camarero, un señor donde los haya, se esforzaba en poner un poco de orden de manera exquisita y se le oía exclamar "¡Santa Madonna!". Eso sí: dinero y ostentación, todos.

A pesar de todo, un día fantástico y un viaje muy recomendable.

1 comentario:

  1. ¡Qué ganas de escaparse e imitaros! Da gusto sólo leerlo.
    Muchos besos: Sol

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