Hace ya unos meses y una legislatura un amigo alemán se sorprendía de la virulencia de los ataques y las burlas contra unos ministros españoles. Los políticos de tal calado, decía, deben ser personas muy preparadas, de reconocida solvencia, con una demostrada voluntad de servicio y con una integridad a toda prueba, por lo menos en la esfera política. Cuando se le explicó que aquí teníamos ministros sin oficio ni beneficio, que no contaban con estudios superiores ni habían trabajado nunca, que gozaban de prebendas obscenas y que sabían que si aguantaban el tirón de un par de legislaturas tenían la vida resuelta, no daba crédito.Para ejercer cualquier profesión es imprescindible contar con preparación, experiencia, voluntad y honestidad; sin no se dan estos requisitos es muy arriesgado ponerse en manos de cualquier profesional. Y cuanto mayor sea la responsabilidad o la importancia del objeto de la profesión, mayor será el nivel de exigencia. Entonces, ¿cómo es posible que a los políticos no se les exija nada? Examinemos cuales deberían ser las condiciones para ostentar un cargo político.
Un político debe tener formación, de mayor nivel cuanta mayor sea su responsabilidad. Un ministro debe tener al menos una carrera universitaria, que debe tener relación con la cartera de la que se ocupa. Resulta incomprensible que quien ayer fue ministro de sanidad lo sea hoy de fomento y se baraje en un futuro su cargo en educación. Y debe hablar, por lo menos, inglés, una carencia absolutamente incomprensible en este mundo global del siglo XXI. Podría plantearse que ciertas administraciones locales, con menores necesidades, podrían suavizar un poco esta condiciónUn político debe saber ganarse la vida fuera de la política. Tiene que tener, haber ejercido y haber vivido de su profesión un mínimo de cuatro años antes de plantearse su candidatura. La política puede ser un paréntesis en su vida laboral, pero nunca un refugio, ya que está en ella para servir a los demás y no para servirse de ellos. En este contexto podía plantearse un pequeño privilegio: que pueda retornar sin problemas a su trabajo previo una vez se haya cumplido su mandato.
Un político debe tener un patrimonio propio que le haga inmune a intentos de soborno, y este patrimonio debe ser conocido y monitorizado antes, durante y hasta diez años después de terminar su etapa pública. Esta condición le hará, además, especialmente cuidadoso con los fondos que maneja, ya que precisamente por no ser suyos está obligado a ser exquisitamente ahorrador tanto en tiempos de abundancia como en carestía.Un político tiene que tener muy claro que es un servidor de su pueblo y no un tirano, que su pueblo puede pedirle cuentas en cualquier momento y que su paso por la política es algo temporal. Del mismo modo, tiene que saber que sus actos y decisiones van a tener consecuencias y que deberá responder por ellas exactamente igual que cualquier otro ciudadano, ante la ley y la opinión pública, y no solo en la arena política.
Un político debe tener formación moral y ética. Una buena parte de los problemas que arrostramos ahora tienen su origen en conductas amorales, además de delictivas en muchos casos. Y ya que estamos en ello, su comportamiento debe ser ejemplar y educado, no tanto para servir de modelo como para reflejar con ello de manera pública sus valores y sus principios.Estas condiciones deben entenderse también exigibles a todos los cargos de responsabilidad designados por los políticos. Llegados a este punto es obligado plantearse por qué estas condiciones no se dan y cómo es posible que se mantenga la aberrante situación actual. El sistema político imperante tiende a favorecer situaciones realmente absurdas y malvadas, y por ello será objeto de análisis en la próxima entrada.
En este interesante editorial de El País explican precisamente cómo y porqué en España los políticos gozan de prebendas que, salvo en el caso del mafioso de Berlusconi, en el resto de Europa son inimaginables:
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