En esta era de la información, el exceso de noticias nos está haciendo polvo. Es realmente complicado mantener la cabeza fría y no dejarse llevar, bien por el desánimo, bien por la furia irracional, y ninguna de estas dos opciones contribuyen precisamente a la paz de espíritu. Además, es difícil sustraerse a la tentación de tomar partido, bien sea por simpatías hacia los unos, por rencor hacia los otros o por afinidades de cualquier tipo. Intentemos parar un momento y reflexionemos sobre los problemas reales, sus causas y sus consecuencias.
Vivimos en sociedad y esto implica una serie de renuncias y servidumbres personales encaminadas a conseguir una serie de ventajas. Delegamos trabajos y responsabilidades en otras personas o instituciones a las que compensamos económicamente por ello, y a cambio les exigimos resultados en tiempo y en forma, una adecuada respuesta ante los problemas y una correcta administración de los recursos que para ello les damos. Pensemos por ejemplo en el administrador de nuestra comunidad de vecinos: le pagamos para que lleve a cabo una serie de gestiones básicas y para que de respuesta a los problemas que van surgiendo. Si su desempeño no es el correcto o si nos cobra más que otro igualmente eficaz podemos decidir cambiarlo, y lo hacemos, porque afecta de forma directa y palpable a nuestro bolsillo.Con los dirigentes políticos debería ser también así, ya que manejan nuestro dinero y nuestra confianza; sin embargo, esta casta ha crecido tanto y se ha rodeado de un entramado burocrático y de unos órganos de poder de tal calibre que solo pensar en enfrentarse al sistema da miedo. Y es precisamente este miedo lo que nos impide pedirles cuentas de sus actuaciones: preferimos quejarnos cuando las cosas van mal. Somos muy dados a la crítica particular o con los amigos y muy poco dispuestos a controlar sus actuaciones, y proponer su relevo cuando vemos que las cuentas no salen.
Lo que conocemos como democracia tiene su origen en la antigua Grecia, en la que un grupo de privilegiados se reunían y tomaban decisiones por mayoría, mientras el pueblo llano y los esclavos hacían el trabajo. La revolución francesa intentó recuperar este espíritu y aplicarlo a una sociedad convulsa, y su evolución nos ha traído al estado actual. La democracia es, posiblemente, el menos malo de los sistemas de gobierno, pero solo si existe una auténtica implicación de todos, gobernantes y gobernados, y en todo momento, no solo en las crisis o en los periodos electorales. En caso contrario se convierte en un sistema perverso y propenso a la corrupción y la ineficacia.El sistema democrático se basa en las decisiones de la mayoría. Este aparentemente simple concepto tiene implicaciones de gran alcance: esta mayoría debe estar cualificada para tomar una decisión, esto es, debe contar con información, debe ser capaz de contrastarla, sopesar pros y contras, tomar por fin una decisión, comprometerse con ella, controlar su eficacia y estar dispuesta a cambiarla si los resultados o las circunstancias así lo aconsejasen.
De todo esto se desprende que no todos podemos opinar con auténtico conocimiento de causa sobre todos los temas, porque no los comprendemos, no queremos molestarnos, no tenemos tiempo ni estamos dispuestos a ejercer el control necesario sobre su ejecución, y aquí viene la primera perversión: votamos "en bloque"sobre muchas cuestiones de las cuales no tenemos información suficiente. Y lo que es peor, no votamos sobre decisiones concretas: votamos a un determinado grupo de personas que pueden tener buenas ideas sobre algunos temas y cometer errores garrafales en otros, y nos desentendemos hasta las próximas elecciones.¿Que alternativas tenemos al actual sistema? Podemos plantear dos escenarios. En el primero de ellos solo votarían sobre un determinado tema aquellos realmente cualificados para tomar tal decisión y siempre que se comprometan a vigilar su ejecución. Difícilmente podría un médico opinar de forma cualificada sobre política agraria, ni un agricultor sobre política sanitaria, aunque puntualmente podrían tener opiniones interesantes sobre temas muy concretos. Este escenario plantea unas necesidades estructurales tremendamente complejas y muy exigentes: determinación de la cualificación, consultas frecuentes...
El segundo escenario es más asumible: políticos y responsables adecuadamente cualificados, técnica y moralmente, sujetos a controles y sin privilegios desproporcionados. Éste será el tema de la siguiente entrada.
Igual que un médico cuida la salud del organismo un individuo, el político debería cuidar la salud del organismo de la sociedad y, por tanto, se le deberían exigir los mismos méritos que al sanitario para el desempeño cualificado de su función. Si un médico yerra, será juzgado, inhabilitado y condenado. Si un político se equivoca es su paciente el que paga por su error.
ResponderEliminarPaciencia: eso toca en la segunda entrega.
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