En este contexto, las llamadas redes sociales se me antojaban un capricho, una especie de divertimento marginal para personas con demasiado tiempo libre y que no tenían nada mejor que hacer que estar constantemente pegadas a sus dispositivos móviles, compartiendo banalidades con otras como ellas.
Sin embargo, una niña de apenas doce años me hizo cambiar radicalmente mi opinión sobre la función y la utilidad de las redes sociales. Me aconsejaron seguirla.
- Y eso de seguir, ¿qué es?- Tienes que abrir una cuenta en Twitter, crear un perfil, empezar a publicar tus ideas, seguir a quienes te gusten...
- No estoy seguro de tener nada que decir, y menos a un extraño; puedo entender un blog como un medio de publicar ideas y un foro como un medio de intercambiar opiniones con personas con intereses comunes, pero esto del Twitter... no lo veo claro.
- Tú prueba, y empieza a seguir a @albahapy. Es una niña con leucemia que cuenta su día a día.
- ¿Un melodrama?
- No, aunque suene a eso: en realidad es un canto a la vida. Prueba, no tienes nada que perder.
Y probé. Y muchas cosas cambiaron a partir de ese momento, hasta el punto de poder decir que hay un antes y un después de Alba en mi vida y en la de otras muchas personas.
De entrada, la presencia en una red social de una niña me parecía algo inquietante, dadas las noticias que saltan con cierta frecuencia a los titulares sobre acoso o utilización de menores en la red. Sin embargo, éste no parecía ser el caso: para empezar, su madre no le permitía twittear más que en determinados momentos y siempre que no interfiriese con sus obligaciones; además, un grupo de personas de su círculo mas cercano en Twitter, conocido como "la famiglia", cada uno con su parentesco virtual, vigilaba atentamente los intercambios de mensajes con Alba: de hecho, para poder seguirla había que contar con su aprobación. Parecía un buen comienzo, la verdad.
Alba era una niña con una bondad y una madurez que muchos ya quisiéramos llegar a alcanzar, pero una niña a fin de cuentas. Contaba sus peripecias del día a día, en su casa o en la de la vecina, en la granja a la que iba cuando sus fuerzas "... y el dinerito..." lo permitían y donde disfrutaba de "su" cerdito, o en los largos ingresos en el hospital. Siempre positiva, nos contaba sin aspavientos sus penas, sus alegrías, los tratamientos, las pruebas molestas cuando no dolorosas y se preocupaba ante todo por los que la rodeaban. Era entrañable el cariño por su madre, cómo moderaba su alegría cuando la daban de alta para no entristecer a su compañera de habitación y hasta su inquietud cuando no podía conectarse a la red porque sus seguidores podrían preocuparse por ella. Se alegraba por cada una de las pequeñas cosas bonitas de cada día, que tantos de nosotros estamos muy ocupados para apreciar, disfrutaba intensamente de las oportunidades por pequeñas y breves que fueran... vivía, en vez de limitarse a pasar por la vida. Seguir a Alba supuso la posibilidad de conocer también a las personas que hablaban con ella y a las que ella seguía, de todo tipo y condición, y que aportaban sus ideas y enriquecían la comunicación de manera para mi inesperada.Todos esperábamos que Alba se recuperase, con ese espíritu y esas ganas de vivir que marcaban todos sus mensajes. La noticia de su muerte el pasado 20 de junio y durante un ingreso en principio programado para realizar unas pruebas, fue un golpe demoledor e inesperado, y los mensajes de todos su seguidores fueron realmente desgarradores ¿Cómo es posible llorar por alguien a quien no conoces y a quien nunca has visto? Las redes sociales pueden ser, sin duda, una nueva forma de auténtica relación y comunicación entre las personas, muy por encima del uso superficial tan extendido. El mismo día de la noticia llovieron los mensajes de cariño y apoyo a Ana, la madre de Alba, que nunca se inmiscuyó en sus contactos y que solo después de su muerte conoció de verdad esta faceta de su hija y el gran cariño que dio e inspiró. Una mujer excepcional, sin duda, aunque solo fuera por haber sido capaz de criar y educar a una personita tan especial como Alba.
La noticia de la muerte de Alba me sorprendió en unas cortas vacaciones. Lloré, lo confieso, y no soy especialmente propenso a hacerlo. Lloré, pero no por ella: lloré por su madre y por mi mismo, pero no por Alba. Y no "porque ella no lo hubiera querido", sino porque una niña de doce años me enseñó a valorar y a disfrutar cada momento, grande o pequeño, y había llegado el momento de aplicar sus enseñanzas. Este el auténtico legado de Alba, sencillo, profundo e imperecedero.
Hasta siempre, bella hada, y muchas gracias.
Sit tibi terra levis.
Este es el cuento que le escribí a mi prima cuando murió mi sobrina de un neuroblastoma que arrastró desde los dos años hasta los dieciséis. http://www.anoldgrumpandabeautifulperson.blogspot.com.es/2011/10/cuento-de-esther-para-sole.html
ResponderEliminarPrecioso relato sobre Alba, magnífico!
ResponderEliminarMuchas gracias.
EliminarSoy Anna, la mamá de Alba, quería darte las gracias por el precioso escrito que le dedicaste a mi hija, lo guardaré siempre entre sus cosas, gracias de todo corazón.
ResponderEliminarMuchas gracias a tí, Anna. Es un honor.
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