Inevitablemente, una cosa lleva a la otra y uno no se puede sustraer al ambiente que nos rodea y que ha sido objeto de largas y cariñosamente enconadas discusiones con mi anciano padre. La falta de honradez y de los más elementales valores éticos, la falta de dignidad y de criterio y hasta el temible culto a la mediocridad que nos invade se quedan pequeños ante dos dramáticos hechos: la falta de cualificación de nuestros dirigentes y la ausencia de una alternativa eficaz.
En todos los ámbitos laborales, sean públicos o privados, hay desviaciones de la media en ambos sentidos: personas que destacan por su buen hacer por un lado y sinvergüenzas que se aprovechas del trabajo ajeno para no hacer el suyo o, lo que es mucho peor, para medrar a costa de todos. Son minoría, afortunadamente, porque ningún sistema, sea público o privado, puede sobrevivir si estos individuos proliferan, por lo menos a largo plazo. Se tiene la impresión de que estas situaciones son más fáciles en empresas públicas, pero los últimos acontecimientos nos están demostrando que esta no es una verdad absoluta.
Los dirigentes políticos españoles actuales, sean del partido o ideología que sean, comparten dos características comunes: absoluta mediocridad y falta de cualificación para el trabajo que desempeñan. Muy atrás quedan los tiempos de los políticos "de casta": personas cualificadas y entregadas al gobierno, entendiendo como tal la administración de la cosa pública para el mayor beneficio de sus conciudadanos. La mediocridad que nos atenaza ha propiciado varias generaciones de políticos "del partido": individuos sin oficio ni beneficio, con carrera o sin ella, cuyo único mérito es haber pertenecido al partido político en cuestión desde antes de madurar (cronológicamente, se entiende), sin haber sabido hacer nada de provecho ni siquiera para ellos mismos a lo largo de sus estériles vidas. Y están presentes en todos los niveles; desde primeros espadas a subalternos, pasando por esa curiosa figura llamada asesor y para la que la más elemental de las lógicas exige más conocimientos y habilidades que ostentar un récord de sanciones de tráfico, por poner un ejemplo.
Y lo peor de todo es que no disponemos de ninguna opción de relevo, ni ahora ni para un futuro a medio plazo. No hay auténticos políticos, no hay profesionales cualificados en este campo que quieran o puedan tomar el relevo, porque en la sociedad que estamos creando ya no cuentan valores como la honestidad, la abnegación, la satisfacción del trabajo bien hecho, el sacrificio cuando es necesario... y de esta sociedad salen todos los profesionales, incluidos los que van a acabar teniendo responsabilidades políticas. Da miedo, la verdad, porque sus erróneas decisiones causan un daño que en muchas ocasiones es irreparable.
Se quejan amargamente nuestros dirigentes del acoso a que están siendo sometidos, dicen que por una parte del pueblo manipulada por sus adversarios políticos. Podrá ser cierto en algunos casos, pero deberían prestar mucha atención a lo que está pasando, al mensaje que intentan hacerles llegar y preguntarse, como lo han hecho varios artículos de prensa nacional y extranjera, por qué en España no estalla una crisis de orden público: porque a pesar de ellos hay mucha gente buena, gente que dedica tiempo y dinero (cuando lo tienen) a ayudar a los más desfavorecidos y que no solo no reciben ayuda sino que se ven amenazadas precisamente por esos políticos a los que con su labor están salvándoles el pellejo (http://educacion-orcasur.blogspot.com.es/2010/03/el-pato-amarillo-necesita-un-local.html)A pesar de todo, hay esperanza, pero esta llamita se apagará como no nos preocupemos TODOS de alimentarla. De nosotros y solo de nosotros dependen que pueda tener lugar un cambio sustancial en el sistema político, un cambio que exija a los gobernantes un mínimo de cualificación, honestidad y responsabilidad.
Posiblemente sí que haya gente con verdadero espíritu político como ha de ser, con altruismo y abnegación, el gobierno para el pueblo y no para el beneficio propio. ¿El problema? La honradez que les impide alcanzar su meta a base de enchufes y contactos. Es la paradoja de un círculo vicioso no viciado.
ResponderEliminarBesos.
Desde hace tiempo está claro que en este país, pero no tenemos la exclusiva, a la política se dedican advenedizos y gualtrapas que aspiran a (y tristemente logran) vivir a costa del erario público, sin merecimientos y lo que es peor, sin formación ni principios. Esto es consecuencia de la dificultad que planteaba hacer gobernable un país dividido que salía de un régimen autoritario. No había otro modo que dar muchos poderes al partido que tuviera la responsabilidad de gobernar, desde estabilidad financiera hasta el control jurídico. Pero las cosas han cambiado y lo que hace casi cuarenta años era un mal necesario, ahora es un cáncer que está matando nuestro sistema porque aquella gente que tenía ideales, o al menos aspiraba a hacer de España un país moderno e integrado en el mundo civilizado, ha degenerado en una casta de desvergonzados que no solamente no saben cumplir con sus funciones de administración, sino que carecen de la honestidad más elemental. Tanto es así que hemos llegado a un punto que el que no roba, no se aprovecha del sistema para defraudar o no cumplir, es un tonto. No sé si la sociedad se ha contagiado de ellos, o ellos son el reflejo de esta triste situación.
ResponderEliminarEn el presente estado de derecho solamente tenemos un arma que es nuestro voto. Si no tenemos ningún político en el que confiar, tendremos que votar en blanco. A priori puede parecer poco útil y si solamente un porcentaje pequeño de la población vota en blanco, no va a cambiar nada. Pero... ¿Qué pasaría si en las próximas elecciones se encontrasen con 10 millones de votos en blanco? ¿Aunque fuesen "sólo" cinco? ¿Cómo venderían ese resultado en la UE? ¿Tendría legitimidad un gobierno al que ha apoyado con sus votos un porcentaje mínimo de la población?
Tenemos pocas opciones, una es la legal, demostrar desacuerdo con las herramientas que el sistema pone a nuestro alcance. La otra es repetir la revolución. Como no cambiará nada es dejándose llevar, protestando sin mover un dedo, permitiéndoles que hagan con nuestro dinero lo que les venga en gana, desde apropiárselo hasta malgastarlo en obras estúpidas.
Podemos salir de ésta, pero será haciendo algo, y mejor que sea pacífico y racional. Creo que la gente cumplidora, sensata y decente seguimos siendo mayoría, pero no sabemos demostrarlo, o no nos dejan. Lo único que nos queda es seguir haciendo las cosas lo mejor que podamos y mantener la ilusión por mejorar.
Mi buen amigo Leopoldo de Luis recordaba siempre que las dictaduras dejan a los países enfermos. Lo que no sabíamos es que la enfermedad pudiera ser tan larga.
ResponderEliminarLeyendo este post recordaba a todas esas personas que dedicaron su vida, incluso perdiéndola, a luchar por unos ideales y un sistema que ahora estamos abandonando. Las etiquetas de este post son esperanza, honestidad y políticos, tres cosas en este momento incompatibles, las dos primeras ausentes, pero que reflejan un cierto nivel de optimismo de cara al futuro.
ResponderEliminarEstá claro que algo tiene que cambiar. Ser del partido tiene que dejar de abrir puertas y el mérito y la capacidad tienen que ser los fundamentos de los actores públicos, pero para eso la gente tiene que saber (y molestarse en ello) qué está pasando, dónde están los corruptos, por qué nadie dimite en un país en el que se gobierna haciendo lo contrario de lo que decía el programa electoral.
El cáncer del sistema está en el propio sistema y extirparlo parece cada vez más complicado, pero sabemos que sin hacer nada morirá seguro.
Mi abuelo era muy tecnócrata, y ahora que formo parte de esa tecnocracia creo cada vez más en la necesidad de que los que saben decidan. Lo ideal es que los que saben sean también elegidos, pero vamos a tener que levantarnos para que eso vuelva a pasar.