lunes, 7 de enero de 2013

Partitocracia mediocrizante, amoral e irresponsable

Los últimos meses de 2012 han sido una locura. A la situación de crisis global se ha unido el conflicto de la sanidad madrileña y ha coincidido con las fiestas de Navidad, con todos lo que llevan aparejado: compromisos, organización de reuniones familiares, todo ello salpimentado con el delicado estado de salud de los mayores. Sí, ha sido un fin de año de los que recordaremos, y sobre todo por esa sensación de urgencia, de falta de tiempo hasta para las cosas más elementales que nos ha hecho ir corriendo a todas partes y olvidar a veces lo más importante.

Cuando se da un paso atrás para intentar tener un poco de perspectiva llaman la atención cuatro cosas. En primer lugar no vivimos en una democracia. La democracia supone que el pueblo elige y exige a sus representantes, y si estos no cumplen lo prometido, se revelan incapaces o no dan la talla son inmediatamente depuestos y reemplazados. En nuestro caso se votan listas cerradas, listas elaboradas por las cúpulas de los partidos y en las que suelen ir personas a las que nunca querríamos elegir. Una vez realizadas las elecciones ya no hay nada que hacer hasta que pasen cuatro años, con el agravante de que son los así elegidos los que deciden las leyes, sobre todo las que les afectan a ellos, con lo que se perpetúa un sistema corrupto: la partitocracia.

Por otro lado, ¿qué cualificaciones tienen los políticos? Llevamos ya muchos años sin políticos "de casta" y en manos de indocumentados sin titulaciones superiores o que, si las tienen, nunca han hecho más que medrar en la estructura del partido. Y por supuesto, estos políticos van a rodearse de "asesores" que disimulen sus carencias, asesores cuyas pretendidas cualificaciones estarán en sintonía con las de sus designadores. La partitocracia se adorna con la mediocridad, pero no es su único oropel.

Un gobernante, sea cual sea su nivel, tiene una enorme responsabilidad moral: ha de procurar el bienestar de su pueblo, y ha de hacerlo manejando recursos que no son suyos, que han sido puestos en sus manos para conseguir beneficios sociales. Por desgracia, las normas, escritas o no, de las estructuras de poder otorgan a los políticos una serie de privilegios y prebendas que a muchos deslumbran y las que acaban creyendo tener derecho por su entrega y dedicación, aunque sus conciudadanos pasen estrecheces y necesidades; esta falta de criterio moral es, por desgracia, imperante en buena parte de nuestra sociedad actual, sociedad de la que salen los políticos de turno. La falta de valores, de criterio moral claro, está en la base de toda la crisis que estamos viviendo: su exigencia entre la clase política debería ser mayor que la general de los gobernados, pero impera un relativismo moral, un todo vale, que nos han llevado a encontrar casi normal esta inmoralidad.

Todo sistema normativo se acompaña de un sistema punitivo, destinado a corregir y castigar las desviaciones y con el fin último de evitarlas. Pensemos en algo tan cercano como el tráfico rodado: la educación vial necesita de un sistema sancionador muy eficaz que cubra el largo período formativo, que detecte y sancione a los infractores y que disuada en aquellos casos en los que la formación no ha sido capaz de inculcar los valores; sin este sistema nuestras carreteras serían un infierno. Sin embargo, los políticos que hacen mal su trabajo, que producen daños a la sociedad que con frecuencia persisten durante generaciones, y que a veces incluso se enriquecen con ellos gozan de inmunidad: nadie les pide cuentas, y lo saben; incluso si cambia la orientación política del gobierno, el siguiente se cuida mucho de hacer algo, no sea que luego le acabe tocando a él... Esta ausencia de control de la actividad política añade la guinda del pastel: la irresponsabilidad.

La situación actual no es más que la lógica consecuencia de muchos años de desgobierno con los defectos antedichos. Cuando el pueblo empieza a sufrir el azote de la crisis y se empiezan a generalizar situaciones límite vuelve sus miradas y su ira contra los gobernantes, y éstos se atrincheran en sus castillos, se niegan a perder sus privilegios y utilizan todos sus poderes, legislativo, mediático y policial, para intentar contener la marea que les amenaza. Sería el momento de sentarse a reflexionar y de buscar soluciones a medio y a largo plazo, pero no parece que éste vaya a ser el camino elegido: las posturas se radicalizan, lejos de acercarse.

Pero el miedo está cambiando de lado: ahora son los gobernantes los que empiezan a tener miedo del pueblo, y hacen bien, porque ese pueblo podría haber sido inteligente, educado, tenaz y trabajador si así lo hubieran cultivado, pero en su lugar han cosechado ira, desesperación e indignación, y en todos los niveles y clases sociales. Sí, hacen bien en tener miedo y aunque sea por miedo deberían plantearse un cambio sustancial de sus actitudes, y deberían planteárselo cuanto antes, porque se les acaba el tiempo...

2 comentarios:

  1. El panorama es desalentador. Para destacar en su mediocridad lo mejor es cargarse la educación y convertir al pueblo en una masa ignorante y manipulable. Para tener más de donde robar optan por los recortes sanitarios que, indirectamente, también "recortan" la larga esperanza de vida de los españoles, de lo que se deriva un ahorro en pensiones. ¿Justicia? sólo para el que haya robado lo suficiente como para poder comprarla. Me aterra pensar que llegue a explotar de golpe toda la indignación latente... y creciente. Besos y feliz año.

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  2. Cuando gente sensata, inteligente y razonablemente cultivada empieza a sugerir que una guillotina en Las Ventas o Sol es una posible solución, que la Revolución Francesa no sucedió para esto, las cosas empiezan a estar más que tensas.
    El problema de fondo es que la democracia en España nunca ha sido tal cosa. Aquí siempre ha habido dos clases, los ricos que manejan y los curritos disfrutando de distintos grados de pobreza. Con la caída del régimen parecía que podía haber una democracia, pero los ricos que manejan han sabido muy bien controlar a los políticos y el sistema de gobierno, haciendo que parezca que los curritos decidimos una mierda. Ahora con la crisis los curritos somos más pobres y esto es más evidente y como hay menos para todos, los ricos se nota más por qué lo son y por qué se hicieron ricos hace siglos. Han creado un sistema tan sostenido (que no sostenible) para ellos, que no necesitan ni disimular que roban a dos manos.

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