La primera parada fue en la tienda de productos químicos Manuel Riesgo. Es una tienda de las de toda la vida, con todo el sabor del Madrid antiguo, con enormes estanterías llenas de cajones con letreros de porcelana... y llena de público, hasta el punto de que han instalado un dispensador de turno. Allí se compra de todo, desde pinturas hasta venenos, pasando por productos químicos: eso era lo que buscaba yo, un litro de alcohol isopropílico. Su rápida evaporación lo hace ideal para limpiar todo aquello que no soporta la humedad, como circuitos eléctricos; diluido a la mitad con lavavajillas es estupendo para la limpieza de las reglas de cálculo de plástico.
Después tocaba Casa Reyna, tienda de maquetas también de toda la vida y que trabaja mucho más el tren y la madera que las maquetas de plástico, las que imperan hoy en día y a las que tan aficionado soy. Iba en busca de algo muy raro: un pequeño engranaje de plástico del sistema motorizado del zoom de una pequeña cámara digital. Resulta que la reparación en la casa oficial es más cara que la máquina... si acceden a hacerla, porque ya me avisaron que probablemente no pudieran conseguir la pieza completa, ya que nadie repara una cámara tan pequeña y tan barata. En una visita anterior me llamó la atención el cuidado con el que desmontaban juguetes desechados y disponían ordenadamente sus piezas en una mesa vitrina. Por supuesto, encontré no uno sino dos engranajes casi iguales que estoy a punto de instalar, cuando termine de ajustar un par de detalles.
Tercera parada: casa Galeán, ortopedia y suministros médicos, para comprar olivas de fonendoscopio para mí y para una compañera. Es un establecimiento muy similar al primero y en el que llama poderosamente la atención que los dependientes siguen ataviados con una chaquetilla corta blanca cerrada por delante, como en el siglo pasado.
Y para terminar, La casa de las pilas. Mi aspirador de mano de casa perdió potencia, así que lo abrí y encontré que tenía ocho pilas recargables no estándar, una de las cuales había muerto. Me fue imposible contactar con el servicio técnico y además sospeché lo mismo de antes: que sería mucho más cara la reparación que un aparato nuevo. Por principio me niego a aceptar esto y a tirar una máquina que funciona y que podría repararse, así que decidí localizar y cambiar la pila. Pero primero tuve que localizar la "tienda": en la dirección que tenía solo había un estrechísimo portal de casa antigua. Mirando un poco mejor vi un letrero verde y blanco que decía "La tienda al fondo del portal", y así era: un minúsculo habitáculo de dos por tres metros, y un mínimo mostrador tras el cual trabajaba un matrimonio de avanzada edad. Sin embargo, tenían todo tipo de pilas y conseguí la mía, y eso que me había dejado la otra en casa: bastó con la descripción. De propina me llevé por un precio irrisorio una vieja calculadora Casio, de las primeras, de filamento: un hallazgo.Así que sin habérmelo propuesto la mañana de compras se convirtió en un paseo por el centro de Madrid que podría haber hecho perfectamente hace cincuenta años. Estos placeres inesperados son siempre de agradecer, y más en estos convulsos tiempos.




